Grecia ha vivido nuevamente un año convulso, está vez no solo por la consabida crisis económica, sino por la incertidumbre política -que condujo a tres citas con las urnas y a un corralito bancario- y la llegada de más de medio millón de refugiados a las islas del Egeo.


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2015 se inició con unas elecciones generales anticipadas que la izquierdista Syriza, liderada por Alexis Tsipras, ganó de forma holgada rompiendo así con más de cuatro décadas de bipartidismo y prometiendo el fin de las políticas de austeridad.

La coalición de Gobierno, formada con los nacionalistas de derecha Griegos Independientes (ANEL), se comprometió a renegociar un nuevo programa de reformas con los socios que excluyera los recortes y permitiera el repunte de la economía tras seis años de recesión.

Tras conseguir una prórroga de cuatro meses de ayuda financiera, Grecia se enzarzó en unas complicadas negociaciones.

En febrero el Banco Central Europeo (BCE) dejó de aceptar los bonos helenos como garantía en las operaciones de refinanciación con lo que la economía griega empezó a asfixiarse.

Pese a las presiones exteriores, los ciudadano griegos siguieron viendo posible que su Gobierno consiguiera imponerse en las negociaciones con los acreedores.

Grecia desafió a la troika, a la que antes el mediático ministro de Finanzas, Yanis Varufakis, negó cualquier tipo de legitimidad como interlocutor en las negociaciones.

La frase “acabas de matar a la troika”, pronunciada por el presidente del Eurogrupo, Jeroen Dijsselbloem, refleja el crispado ambiente en el que se llevaron a cabo las negociaciones y que meses después sería corroborado por el propio Varufakis.

El Gobierno de Syriza y ANEL se convirtió así en orgullo de la mayoría del pueblo heleno que respaldó la línea de negociación marcada por Tsipras.

Grecia se presentó como ejemplo de resistencia frente a la política neoliberal marcada por Bruselas y partidos izquierdistas de países como España, Alemania o Irlanda le mostraron su respaldo.

El desacuerdo entre Atenas y las llamadas “instituciones” alcanzó en junio dimensiones abismales. El Gobierno se negó a aceptar recortes en las pensiones y subidas del IVA, mientras aumentaban las posibilidades de que el país abandonara la eurozona.

El Gobierno, que gozaba de un amplio respaldo popular como señalaban no solamente las encuestas sino las manifestaciones que a través de las redes sociales consiguieron reunir a miles de personas en el centro de Atenas, se mostró dispuesto a llegar hasta el final e incluso dejó de pagar al Fondo Monetario Internacional (FMI).

El 26 de junio Tsipras calificó de “chantaje” la última oferta de los acreedores y anunció la convocatoria de un referéndum para el 5 de julio y pidió que los ciudadanos votaran “no” a esta propuesta de acuerdo.

Tres días después, entra en vigor un “corralito” que llevó al cierre de los bancos durante tres semanas y fijó controles a la retirada de efectivo y a las transacciones que aún se mantienen.

La victoria aplastante del “no” en la consulta, respaldado por más del 61 % de la población, se llevó por delante a Varufakis que dimitió para hacer posible la consecución de un acuerdo.

Este pacto llegó tras horas de negociaciones en que la salida de Grecia de la eurozona estuvo más que nunca encima de la mesa.

Finalmente el 13 de julio Atenas se comprometió a reformar el sistema de pensiones, el mercado laboral y a establecer un fondo para las privatizaciones.

Pese a la resistencia que cabía esperar, el Gobierno de Tsipras claudicó e inició las conversaciones sobre un tercer programa de rescate a cambio de más recortes.

La decepción se apoderó de muchos griegos que vieron como David no había podido ganar a Goliat pese a haberlo prometido, y la convulsión inundó las filas de Syriza.

Pese a ello, el Ejecutivo continuó su plan trazado. Sin tanta expectación, a mediados de agosto se anunció la firma del tercer rescate por valor de hasta 86.000 millones de euros, que desembocó en la fractura definitiva de Syriza.

Durante el verano se intensificó la llegada de refugiados a las islas de Lesbos, Kos, Quíos, Leros y Samos, en el mar Egeo y muy cercanas a las costas de Turquía.

La situación fue especialmente complicada en Mitilene, la capital de Lesbos, que llegó a albergar durante los primeros días de septiembre a más de 15.000 personas.

El Gobierno dobló el número de ferris para trasladarles hasta Atenas, desde donde la mayoría continuó su periplo hasta los países del centro y norte de Europa.

Pactado el rescate, Tsipras dimitió para someter el acuerdo a las urnas y Syriza, ya escindida, consiguió de nuevo la victoria. Eso sí, la abstención fue muy alta.

A partir de entonces la falta de perspectiva ante un futuro que augura más dificultades sumió a muchos ciudadanos en la desesperanza.

Tsipras reeditó la coalición con ANEL y consiguió que el Parlamento aprobara controvertidas leyes sobre subidas de impuestos o ejecuciones hipotecarias para cumplir con los socios y obtener los fondos del tercer rescate.

La llegada del invierno no frenó las aspiraciones de los refugiados de ponerse a salvo en Europa y se calcula que más de 500.000 personas llegaron en embarcaciones a suelo heleno.

Remei Calabuig – EFE