Todos los medios de prensa destacan el aparentemente importante acuerdo alcanzado por prácticamente todos los gobiernos del mundo para evitar que la temperatura del planeta suba más allá de 2° […]


Todos los medios de prensa destacan el aparentemente importante acuerdo alcanzado por prácticamente todos los gobiernos del mundo para evitar que la temperatura del planeta suba más allá de 2° centígrados. Hubo hasta euforia, de parte de diversos voceros, como la representante del Fondo Monetario Internacional (FMI), la Sra. Lagarde. Analizándolo seriamente, ¿hay razones reales para estar eufórico y decir que “el planeta se ha salvado”?

 

Todo indica que los acuerdos son firmes y las medidas importantes, tal vez como lo fue en su momento la Convención de Río (1992) y el Protocolo de Kyoto (1997). En aquellos momentos, también hubo euforia, si bien hoy, unos 20 años después, estamos peor que antes.

 

Veamos cuáles son las medidas adoptadas. La principal de todas ellas es el cambio de la matriz energética del mundo, buscando pasar de las energías fósiles (que hoy abastecen el 85% de necesidades planetarias) a las renovables. Para ello, los países desarrollados se comprometieron a apoyar a los países de menor desarrollo en el cambio de su matriz energética. Tal cambio, si se  ejecuta bien, podría reducir la emisión de los gases de efecto invernadero (¾ partes de tal emisión dependen del consumo energético) y, por ello, la promesa que se hace, puede parecer que traerá la solución al calentamiento planetario.

 

El principal problema de este compromiso mundial –de cambiar de matriz energética– es que es eso, una promesa, y que ignora las causas que la producen.

 

En efecto, ¿por qué se consume tanta energía fósil (petróleo, gas, carbón) en el mundo? Se consume porque el modelo de sociedad de consumo individual(ista) se basa en la quema indiscriminada y creciente de las energías fósiles. El sueño de toda persona que anda en transporte público es tener un automóvil particular y si tiene uno, tener dos. Si tiene un automóvil modesto –de bajo consumo– su sueño es tener un 4×4, de mucho mayor consumo. Además, otro sueño de toda persona es ir de vacaciones, pero no a San Bernardino –donde el lago Ypacaraí ya está muy contaminado– sino a Camboriú o, mejor, al Caribe. ¿Quién no sueña, además, con ampliar su modesta vivienda o, mejor, comprar una mansión con una enorme piscina y mitigar, así, el calor cada vez mayor?

 

Todos los sueños descriptos son legítimos. El único problema de ellos es que, si los hacemos realidad para las 7.000 millones de personas que habitan el planeta (¿por qué sólo algunos pocos tendrían mansiones, 4×4 y podrían ir al Caribe, y no todos?) necesitaríamos recursos (energía, materiales, tierra) que no existen. ¿Seremos más felices por tener varios 4 x 4, una mansión –o varias– e ir al Caribe cuando se nos ocurra? Quizás alguien lo sea, pero lo será a costa del hambre de millones de personas y de la destrucción del planeta, pues ese sistema de vida requiere de por lo menos 10 planetas, que obviamente no existen. Mientras algunos se dan todos esos gustos, miles de millones de habitantes del mundo no tienen un pedazo de pan en su mesa, ni energía en sus casas, como reconoció la propia cumbre que acaba de sacar tan frustrante resolución.

 

¿Por qué es frustrante la resolución mundial sobre el cambio climático? Porque no ataca la causa del  cambio climático y de la pobreza: el modelo de sociedad de consumo y las terribles desigualdades que hacen que algunos pocos multimillonarios consuman tanto como mil millones de personas.

 

Si no se reducen las cada vez más abismales diferencias entre ricos y pobres –como nos lo recuerda el insigne economista francés, Thomas Piketty[1]– no habrá cambio de matriz energética que evite el cambio climático. Tampoco habrá si no se cambia el paradigma único planetario, de la sociedad de consumo, la causa del creciente consumo de energía fósil y del cambio climático.

 

La Agencia Internacional de Energía (AIE), más realista que los gobiernos de los 195 Estados del mundo que llegaron al acuerdo sobre el cambio climático, nos recuerda que aún con enormes esfuerzos para sustituir las energías fósiles por renovables, la matriz energética en el 2040 dependerá, en el escenario más probable, en un 75% (hoy 85%) de energías fósiles (en 25 años apenas se bajará 10%) y que, además, en tal año (dentro de 25 años), el consumo de energías fósiles será mucho mayor al actual en forma cuantitativa (toneladas); lo que implica decir que se generarán más gases de efecto invernadero que hoy[2].

 

La solución verdadera al cambio climático deberá venir por la sustitución de la sociedad de consumo, como paradigma mundial, por otro paradigma basado en compartir recursos limitados en forma solidaria; en que el transporte público sustituya al vehículo particular; en que todos tengan casas confortables y que se erradiquen (o penalicen tributariamente fuertemente) las mansiones ostentosas, lo mismo que los viajes a sitios lejanos, así como cualquier otro despilfarro de una energía fósil, que es limitada y muy contaminante.

 

¿Qué pasará? Lamentablemente, lo más probable es que sigamos con el modelo de la ostentación,  de la sociedad de consumo, con el consumo de energías fósiles en aumento –como lo predice la AIE– y con el calentamiento global, que pasará de los 2° C en poco tiempo. Cuando ello ocurra y el cambio climático sea ya irreversible, entonces puede ser que quienes manejan la humanidad –no más del 1% más rico– recapacite y esté dispuesto a cambiar sus nocivos hábitos de consumo, así como su nocivo modelo de destrucción mundial, que nos impusieron. Ahora, acordaron un conveniente maquillaje, para seguir con su enriquecimiento efímero, que es la destrucción del planeta.

 

 

 

 

[1]     Thomas Pikkety. La economía de las desigualdades, siglo XXI Editores, Buenos Aires, 2015.

[2]     AIE. World Energy 2015 Outlook.

Ricardo Canese
Parlamentario del Mercosur y ex Coordinador de la Comisión de Entes Binacionales Hidroeléctricos (2008-2012).