Cuando era niño, la tecnología y las comodidades de la vida crecían y mejoraban de una forma increíble.   Las computadoras de tener 2 o 16 colores, pasaron a un […]


Cuando era niño, la tecnología y las comodidades de la vida crecían y mejoraban de una forma increíble.

 

Las computadoras de tener 2 o 16 colores, pasaron a un espectro de 16 millones. El sonido analógico pasó a convertirse en digital, y si bien para digitalizar se debía muestrear la onda, lo cual implica recortarla, de todos modos la calidad de un CD sonaba mejor que un casete grabado y un disco de vinilo, aunque el vinilo le diera un aire único a cada grabación. La TV pasó de tener resoluciones ínfimas al 4K y 3D, etc., etc…

 

Lo mismo para todas las cosas de la vida: automóviles, aires acondicionados, juguetes, electrodomésticos, video cable, Blu-Ray, cine surround digital IMAX, celulares QWERTY, videojuegos AAA, etc. Descontando los avances sociales donde toda persona pudiera acceder a la universidad, y se buscara que las minorías tengan los mismos derechos de las mayorías, etc…

 
En cierto momento llegamos a un punto en el que parecía que todo lo disfrutábamos con la mejor calidad posible, y esto seguiría siendo así en el futuro cercano. Pero la verdad es que hace un tiempo caminamos un camino inverso, y aunque esta reflexión parezca un poco superficial, tengo un punto al final que creo es importante.

 
Hace un tiempo nos empezaron a acostumbrar a disminuir la calidad de todas nuestras experiencias en la vida, en vez de seguir ese camino de excelencia en todo lo que nos rodea. Más o menos en la misma época se dieron una serie de situaciones que llevaron a esto: la aparición del VCD, que pirateaba películas en DVD para rebajarlas a simples MPG2 que cupieran en un CD, usualmente con una calidad horrible salvo que las vieras en una TV de 14 pulgadas CRT donde no se notaban tanto. Aparece también el MP3, comprimiendo la música y perdiéndose detalles en el proceso, según el nivel de compresión. Aparecen los videojuegos “indie”, sumamente básicos respecto a los juegos AAA del momento. Aparecen los juguetes chinos baratos y descartables, así como los juguetes que se regalan en las hamburgueserías, de similares características, haciendo que los juguetes de calidad parezcan “demasiado caros” comparándose con ellos.

 

Aparecen el streaming de audio y video con su consiguiente compresión y reducción de calidad, así como los servicios de TV DTH ultra comprimidos y que para peor no funcionan cuando llueve. Aparece el Internet por modem de banda ancha, con una calidad de servicio muy baja respecto al cable o la fibra.

 

Aparecen los dispositivos chinos que permiten acceso a tecnología a las masas, pero cuya durabilidad los hace descartables. Aparecen las universidades de garaje, que dan un título que no sirve para nada, ya que no forman profesionales. Aparecen las asociaciones que defienden derechos que en muchos casos no aportan a la sociedad. Y así una lista larguísima de situaciones similares.

 
¿En qué momento, luego de haber tenido a nuestro alcance toda la tecnología y máxima calidad de todas las cosas de la vida, dimos media vuelta y empezamos a preferir acceder a una versión recortada, disminuida y pobre de todas esas cosas?

 
En vez de disfrutar cada vez mejor las cosas, lo hacemos peor. La gente lee libros o ve películas en sus celulares. En pantallas que no permiten disfrutar ningún detalle, y con un sonido paupérrimo. Las películas las vemos todas pixeladas y con subtítulos mal traducidos. Los juegos de celular en el 90% de las ocasiones están pensados para exprimir dinero a los jugadores con microtransacciones y no dan experiencias significativas.

 

Los juguetes descartables hacen creer a los niños que lo mejor es tener mucho, aunque sea malo, y al día siguiente, perdiéndose la novedad, ya puede descartarse porque perdió su importancia. Cambiamos los celulares cada 6 meses, como si realmente fuera necesario, sólo para estar a tono con los demás. Preferimos ver videos de gatos en YouTube a disfrutar de una película que brinde algo significativo.

 

Leemos las noticias en los periódicos con errores de ortografía y a veces inclusive tan mal redactadas que no se entiende la crónica del hecho. Lo mismo con los zócalos en los noticieros. O los comentarios de la gente en los periódicos online y redes sociales. O los currículos de candidatos a puestos de trabajo, mal redactados y con errores imperdonables. O los aplazados para adquirir becas que piden que se baje la escala. Y al fin y al cabo todo esto lleva a la mediocridad, ya que asumimos que cualquier cosa más o menos ya es suficiente, y que es demasiado trabajo hacer algo bien, porque a los demás no les interesa.

 

Todo esto nos lleva a disfrutar menos de las cosas, y de la vida. Una música, una película, una obra de arte, están pensadas para causar un impacto en el espectador, sobre todo si son de calidad. Es imposible trasmitir esta experiencia si las vemos en una pantalla de 5 pulgadas, o sin sonido, o en el bus con unos auriculares baratos que ofrecen un rango dinámico paupérrimo y encima se escucha el sonido ambiental del bus.

 

Un libro leído desde esa minúscula pantalla hace difícil extraer ideas centrales del texto, ya que apenas podemos leer medio párrafo por vez, y tenemos que estar haciendo scroll constantemente y localizando donde nos quedamos cada 10 segundos. Así, ni siquiera las cosas realmente buenas nos parecerán de calidad, nada nos va a satisfacer. Pero el problema no es el bien en sí, sino el medio por el que se nos entrega dicho bien.

 
Todo tiene que ser descartable, rápido, y de ser posible gratis. Y la verdad que esa combinación es terrible. Porque asumimos que todo en la vida debe ser así. Las relaciones interpersonales, el estudio, el trabajo, el amor. Todo debe ser descartable, barato, de mala calidad. Y damos eso, y recibimos eso. Estamos acostumbrados a eso y nos parece normal. Una empresa me da un servicio pobre, y me lo banco. E

 

l gobierno hace lo que quiere, y dejo pasar. La universidad me da una educación de pésima calidad y me conformo con eso. Las redes sociales se convierten en canales de difusión de insignificancias sin importancia, porque no somos capaces de distinguir las cosas importantes de las que no lo son.

 

Finalmente quedo encerrado en un ciclo de mediocridad y ni siquiera pienso que puede haber algo mejor. Y si bien mi entorno tal vez esté envuelto en la misma experiencia y motivación, no todo el mundo acepta eso ni vive así, y no podemos cometer el error de caer en la mediocridad pese a todo esto.

 
Eso es lo que me preocupa. Eso es lo que veo en el mundo que nos rodea. Y es lo que quería compartir en este artículo, aunque la solución en realidad depende de cada uno, y de aprender a disfrutar como corresponde de las cosas de la vida, tal vez en mayor calidad y mejor cantidad.