La indecencia llegó a límites intolerables. La ley de acceso a la información púbica, permitió identificar con nombre y apellido a los indecentes; aquellos que por años, vivieron bajo el […]


La indecencia llegó a límites intolerables. La ley de acceso a la información púbica, permitió identificar con nombre y apellido a los indecentes; aquellos que por años, vivieron bajo el manto protector de la oscuridad.
Ahora bien, ¿qué hacemos con tanta información? ¿Cómo esperar sanciones cuándo el propio fiscal general del estado encabeza la lista de la indecencia con 36 policías a “su disposición”?

 

Para dimensionar la gravedad superlativa de esta cuestión, es preciso recordar que el Fiscal General funge de representante de la sociedad y dirige la institución que posee el monopolio absoluto de la acción penal pública, sin embargo, muy suelto de boca refirió que revelar el número de efectivos policiales que componen su séquito es un “atentado a su seguridad y de su familia”.

 

Este señor, es el mismo que, según las crónicas periodísticas, hasta a su hermana (una ilustre desconocida) le “asignó” un policía que seguro sirve como chofer, mandadero y niñero de sus hijos. Este señor, en una reunión con colegas y concejales de Ciudad del Este, días pasados, respondió ante la insistencia de la denuncia sobre el esquema de recaudación y extorsión montado por “sus fiscales” en la zona Este del país, que la corrupción en las filas del Ministerio Público es una “simple percepción”. En resumen: El fiscal general del estado no sirve para un carajo, disculpen la sencillez de mi expresión.

Así las cosas, es muy difícil esperar sanciones ejemplares a los delincuentes del poder. Los fiscales valientes y comprometidos (que los hay, por suerte) no pueden contra la barbaridad del sistema y el concubinato espurio de políticos y operadores de justicia del más alto nivel.
Las respuestas efectivas a esta problemática no son sencillas, pues, existe un “pacto de impunidad” entre los protagonistas de esta historia de corrupción. Es el pacto que debemos romper.
Por otro lado, rápidamente los políticos y autoridades, se aprestan a cambiar sus discursos y arropados en nuestra frágil democracia están esperando aplausos cerrados y eternos, para luego mirarse al espejo y decir “qué valé que soy”.
A dos años y medio de este gobierno sin rumbo, muchas autoridades se dieron cuenta de la existencia de planilleros en las carteras públicas a su cargo, y el Presidente hace su mejor esfuerzo para pronunciar un sobrio discurso de honestidad e intolerancia a la corrupción, pero apenas se baja del atril toma el teléfono y ordena que se nombre como asesor – sin concurso público, ni mérito alguno- en Yacyreta al cuestionado ex Ministro de Corte Víctor Núñez, a quien le pagamos no sólo un salario mensual insultante de ocho ceros, sino subsidios de alimento , energía y por “mantenimiento esposa”.
No debemos perder de vista que la decencia es el valor que nos recuerda la importancia de vivir y comportarnos dignamente en todo lugar. Los expertos señalan que la decencia, al ser un concepto abstracto, debe enseñarse en todo momento a partir del ejemplo propio. Punto final!

Kattya González
Presidenta de la Coordinadora de Abogados del Paraguay y abogada especialista en Derecho Constitucional y Laboral