Una exposición describe en fotografías, vídeos y hasta un videojuego, la exuberante naturaleza y la cultura milenaria del Chaco, segundo bosque más extenso de Sudamérica, y apela a la conciencia ambiental de Paraguay, país que más árboles destruye en la región compartida con Argentina, Brasil y Bolivia.


Ciencia y cultura para concienciar sobre riqueza natural del olvidado Chaco.

La segunda extensión boscosa más grande de Sudamérica después del Amazonas es casi tan desconocida en las capitales de los propios países que la contienen como en Europa, Asia o África.

A diferencia de la Amazonía, mínima es la noción que un bonaerense o un asunceno suele tener del Chaco.

A las grandes urbes sudamericanas apenas llega la noción, por algunas fotografías o documentales, de su exuberante naturaleza. En las descripciones coloquiales se lo menciona como un lugar árido y a veces “desierto” cuando no hay nada más alejado de la realidad.

En el Gran Chaco existen más de una veintena de pueblos indígenas milenarios, entre ellos el único en aislamiento voluntario que queda en América fuera de la Amazonía y varios matices climáticos que dan lugar a una gigantesca biodiversidad.

Pocas veces se aborda en profundidad su inmensa riqueza natural compuesta por árboles únicos como el lapacho o el samu’u, conocido como palo borracho; animales como el mítico jaguar (yaguareté en guaraní), el mayor felino de América.

exposicionEntre sus millones de hectáreas vírgenes se esconden aún cientos de especies de pájaros, insectos y otros animales que biólogos de todo el mundo se afanan por descubrir, ya sea en los humedales desde la estación de observación biológica paraguaya Los Tres Gigantes o en la selva de 4 millones de hectáreas del parque Kaa-Iya de Bolivia.

La exposición “Territorio Acotado/Expandido”, del proyecto “Chaco Ra’anga” (la figura del Chaco en guaraní), una iniciativa de la Cooperación Española, busca poner el foco en todos estos temas, haciendo hincapié en las múltiples amenazas que acechan a su abundante naturaleza y diversidad cultural.

Dos enormes rótulos coronan una de las paredes del Centro Cultural de España en Asunción: “Desapariciones de indígenas en la dictadura de Stroessner” y “Glifosato de venta libre en Paraguay”, son solo dos de los muchos gritos de alarma que presentan los 12 creadores que compusieron la exposición tras viajar durante un mes por toda la región.

El etnocidio sufrido por los pueblos originarios de la zona, sobre todo afectados en Argentina y en Paraguay en el siglo XX y en la actualidad, protagoniza el trabajo de los artistas y científicos del proyecto, que también reflejan el crecimiento de la frontera agropecuaria con cultivos transgénicos y el drama de la deforestación.

No en vano el proyecto arrancó en Paraguay, el país donde se destruyó el 81 % por ciento de los 20 millones de árboles que desaparecen de media cada mes en el Gran Chaco. El resto de la deforestación se la reparten entre Argentina, con un 10 %, y Bolivia con un 9 %, según Naciones Unidas.

“Es muy rica la biodiversidad y culturas indígenas, es de las pocas regiones donde quedan indígenas viviendo en aislamiento voluntario, creo que es la razón más importante de que se seleccionase el Chaco como zona estratégica”, dijo a Efe Eloisa Vaello, la directora del Centro Cultural español en Asunción que acoge la exposición.

“Nadie regresa del Chaco (quien vuelve es, en parte, otro)”, reza una cita del escritor paraguayo y exministro de Cultura Ticio Escobar en la entrada de la muestra compuesta por fotografías, audiovisuales e instalaciones artísticas.

En un espacio de la exposición, un gigante retrato de una líder indígena ayoreo totobiegosode, familia de los últimos aislados, ocupa el centro de una pared blanca, la rodean una decena de fotografías de manos de integrantes de otras comunidades nativas de Paraguay, Bolivia y Argentina.

La mayoría de los totobiegosode fue obligada a abandonar sus bosques a partir de 1979, cuando la “Misión Nuevas Tribus”, un grupo evangélico estadounidense, entró en su territorio para “evangelizarlos” y de paso trasladarlos como mano de obra a estancias ganaderas de los colonos menonitas, llegados en la década de 1920 a Paraguay.

El pequeño grupo de totobiegosode, que logró zafarse de los misioneros, vive como antes de la colonización española y la defensa de su modo de vida es a todo su entorno natural.

Esta y otras muchas historias componen el ecléctico conjunto artístico y documental que Chaco Ra’anga mostrará en el futuro en Buenos Aires, La Paz y Madrid. EFE