Este es el testimonio de una de las vícitimas del brutal desalojo del último 15 de setiembre. Los colonos brasileros no solo destruyeron su hogar sino que derramaron agrotóxicos en el pozo de agua de su casa para asegurarse que no vuelva nunca más.


Gabriela Araujo vivía en Guahory con su hermana y su hijo de un año y medio. Para no perder todo lo que tenía, el día previo al procedimiento sacó sus muebles, sus electrodomésticos y se refugió (como casi todos) en la escuela Buen Jesús.

Pensó que al no existir una orden de desalojo (la orden era de allanamiento y aprehensión de personas ajenas al inmueble) no tocarían sus casa. Se equivocó. Junto con la policía ingresaron a la comunidad con sus tractores y topadoras los colonos brasileros que financiaron el operativo y reclaman esas tierras. No dejaron nada.

Gabriela construyó su casa con la ayuda de su papá. “Era grande y linda” -dice parada frente a los escombros de los que fue su hogar mientras su mamá Hilaria (que también perdió su casa) y su hermana juntan bananas de uno de los árboles derribados por las máquinas.

Su hermano también perdió todo. Tenía siete mil plantas de piña. En cinco minutos las topadoras de los brasiguayos terminaron con su trabajo de dos años. También destruyeron sus alverjas y el mandiocal.

Increíblemente, Gabriela tiene esperanza. ¿Qué es lo que le da fuerzas después de esta tragedia?

“Esta era la casa de mi hijo. No podemos perrmitir que los extranjeros arrasen nuestros cultivos y destruyan nuestras casas. Vienen acá porque tienen plata y pueden manejar el gobierno. Confío en Dios y en las autoridades que nos apoyan». ¿Alcanzará?

 

Entrevistas en Guahory/José Maria Quevedo

Edición/Sofia Alonzo

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