En la Avenida Pensilvania no hubo hoy rastro de las celebraciones de otras elecciones, sino un ambiente enrarecido, de división e incredulidad, imagen del país que deja la victoria de Donald Trump.


Lejos queda el entusiasmo y la esperanza que congregaron en este mismo lugar a miles de personas en 2008 para celebrar la victoria del primer presidente afroamericano de la historia de Estados Unidos, un joven e ilusionante Barack Obama.

Hoy, frente al número 1600 de la Avenida Pensilvania, solo había un errático deambular de seguidores y detractores del presidente electo, Donald Trump, que a ratos discutían, se enfrentaban e incluso se perseguían.

Hubo al menos un arresto, según constató Efe, en medio de fuertes medidas de seguridad y un ambiente bronco en el que era muy difícil distinguir quién era quién y qué hacían todavía allí pasadas las 3 de la madrugada (8:00 GMT) de un miércoles.

“Los latinos y los morenitos hemos venido a respaldarnos los unos a los otros porque nos oponemos a este hombre ridículo (Trump). Pero aquí ha sido un poco fuerte con algunos blanquitos, están tratándonos un poco mal”, explica a Efe Michelle Guzmán, estadounidense de origen salvadoreño.

Guzmán asegura que el chico detenido estuvo molestándola y describe un ambiente tenso que se palpa al instante de llegar a la icónica plaza Lafayette, en la entrada norte de la Casa Blanca y donde hoy había prevista una celebración de la derrota de la intolerancia de Trump que no pudo ser.

El joven Nicholas Elliot pide a Efe hacer la entrevista apartado de la gente, teme que se forme un corrillo a su alrededor y convertirse en el centro de un nuevo altercado.

“No me sorprende que no haya celebración aquí, esto es Washington DC”, dice, en referencia a la tradición progresista de la capital de Estados Unidos, donde la candidata demócrata, Hillary Clinton, venció hoy por un 93%: su porcentaje más alto en todo el país.

“Además, con el clima que ha habido en la campaña, la división del país, por supuesto que no iba a haber una celebración”, añade este estudiante de Houston (Texas) en la Universidad de Georgetown.

Con solo 19 años, recita las grandes promesas de Donald Trump a pies juntillas y quiere que la primera que cumpla sea la construcción de su famoso muro en la frontera con México para frenar la inmigración irregular.

A los seguidores de Trump, como él, se les identifica por la ya icónica gorra roja (o blanca) con el lema de su campaña “Make America Great Again” (“Hagamos Estados Unidos grande de nuevo”).

A sus detractores se les localiza por carteles como el de “Donald Trump eres un pendejo”, que portan un grupo de seguidores del senador Bernie Sanders, quien compitió por la candidatura demócrata con Clinton y generó un poderoso movimiento de izquierdas.

“Estamos decepcionados, pero no sorprendidos. Trump ha despertado a muchas personas apelando al racismo o al sexismo, pero también al rechazo al sistema. Y eso último es algo que también hizo Sanders, por eso ambos han sido revolucionarios”, cuenta la joven afroamericana Ma’at Sargeant.

“Da miedo -continúa- que la Casa Blanca y el Congreso sean los dos rojos (republicanos). Creo que la gente no sabe qué hacer. No nos sentimos seguros”.

Las caras de los jóvenes Ryan Barto y Sam Wolf, que pasean un solitario cartel azul de “Hillary” cuando ya dan las cuatro de la mañana, son un ejemplo de la desilusión y la incredulidad de buena parte del país ante la sorprendente y rotunda victoria de Donald Trump.

“Estamos deprimidos -dice Ryan-. El progreso de décadas, de 100 años se viene abajo”.

Detrás de ellos, en la Casa Blanca, el presidente del “hope” (esperanza) y del “yes, we can” (sí, podemos) ve como el legado de sus ocho años está ahora en manos de un presidente y un Congreso republicanos cuya primera promesa es tirarlo abajo.

Cristina García Casado – EFE