En un mundo en el que la malnutrición no deja de aumentar, los alimentos sanos como frutas y verduras, lejos de poder viajar libremente, se topan con más obstáculos en el comercio internacional que los altamente procesados.


Pensar en cómo el comercio influye en el consumo de productos más o menos sanos es más complejo de lo que parece, pero si algo comparten los expertos reunidos esta semana en la Organización de la ONU para la Alimentación y la Agricultura (FAO) en Roma es que las frutas y verduras por ahora han salido perdiendo.

“Lo único en lo que coincidimos es que debería haber menos barreras en el mercado para los productos saludables”, dijo a Efe la economista de esa agencia Ekaterina Krivonos.

Mientras que unos 800 millones de personas siguen pasando hambre, hay otros 2.000 millones que sufren malnutrición tanto por exceso como por carencia de nutrientes.

En medio de tantos desequilibrios, las distintas políticas y las numerosas medidas sanitarias y de prevención complican a los países en desarrollo la exportación de sus productos frescos a lugares que los necesiten, según la especialista.

Más fácil lo tienen los productos ultraprocesados que ofrecen las multinacionales, que han aprovechado la desregulación del mercado y la globalización para penetrar en los mercados nacionales.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) ha puesto de manifiesto esa realidad en el caso de América Latina: entre 2000 y 2013 las ventas de alimentos procesados industrialmente como la comida rápida y las bebidas azucaradas crecieron un 48 %, lo que ha contribuido al incremento de la tasa de obesidad en toda la región.

Ante la posibilidad de regular ese mercado, los expertos no se ponen de acuerdo en cómo hacerlo sin crear otros efectos no deseados.

Gravar los alimentos de mala calidad puede fomentar el consumo de otros sustitutos aún peores, señaló Joseph Glauber, del Instituto Internacional de Investigación sobre Políticas Alimentarias (IFPRI).

Por eso prefieren incidir en la demanda educando a los consumidores, quienes influyen en la oferta eligiendo lo que comen en función de sus ingresos y preferencias.

“La reducción de tarifas no se traduce en un cambio de presupuesto en las familias, quizás tenemos que ir hacia la promoción de alimentos sanos con programas de alimentación escolar o acuerdos con los supermercados”, destacó Krivonos.

Para Glauber, el problema trasciende la política agrícola de los países, ya que los productos elaborados siguen siendo al por menor más caros y volátiles que los alimentos básicos, cuyos precios se mantienen a niveles relativamente bajos tras muchos años de investigaciones y mejoras en la productividad.

En esa “transición nutricional” que ha sustituido las dietas tradicionales ricas en granos y verduras por otras de alto contenido en grasas, sal y azúcar, pesan otros factores como la urbanización, el crecimiento económico, el sedentarismo, los cambios en la industria alimentaria y las importaciones de alimentos procesados en los países en desarrollo.

En Rusia, inmersa también en esos cambios tras el colapso soviético, la prevalencia del sobrepeso y la obesidad subió del 52 % en 1996 al 60 % en 2015, al tiempo que aumentaba el consumo de carne y lácteos, productos que tienen prioridad en su política comercial junto a otros como los granos y las verduras.

“El país necesita una mejor integración en los mercados internacionales y promover dietas más saludables”, aseguró la investigadora del Instituto Leibniz de desarrollo agrícola en economías en transición (IAMO) Christine Burggraf.

También se presentaron estudios que reflejan una mayor diversidad de alimentos en las zonas rurales de la India a partir de la reducción de aranceles en la década de 1990 (lo que incrementó el consumo de productos animales como la leche) y en aquellas partes de Etiopía con mejores conexiones y vías de transporte.

Particular resulta, por ejemplo, el caso de Arabia Saudí, que por sus circunstancias geopolíticas vive una política “obsesiva con el acceso a los alimentos”, a pesar de que tiene almacenados muchos más de los que necesita su población y sus desperdicios suman al año 13.000 millones de dólares, a juicio del experto Panos Konandreas, del centro Trade Policy Plus.

También allí la obesidad se ha disparado acompañada de hábitos poco saludables, algo que por ahora no ha podido evitar un país que dedica parte de sus altos ingresos por petróleo a subsidiar la producción de alimentos e invertir en el extranjero.

Belén Delgado – EFE