Las primarias para elegir los candidatos presidenciales se imponen en la vida política francesa como un paso ineludible para los partidos, tras el éxito registrado por la derecha, el último gran partido que, hasta ahora, rechazaba el ejercicio.


Los más de 4 millones de personas que el pasado domingo votaron en la primera vuelta de las primarias del centroderecha para elegir al candidato a las presidenciales de 2017 muestran que los ciudadanos acogen con los brazos abiertos esta novedad importada de EEUU y que, hasta ahora, cuadraba mal en el sistema político galo.

La derecha, de tradición “gaullista”, era el último escollo que se negaba a transitar por ese camino, con el argumento de que el general De Gaulle, padre de la V República, había concebido las presidenciales como “el encuentro de un hombre con su pueblo”.

En su concepción, el jefe de Estado se elige por sufragio universal directo en dos vueltas, con la intención de elegir a una persona que estuviera por encima de los partidos.

Pero, tal como señala en el diario “Le Monde”, la directora del Centro de Estudios Europeos de Sciences Po, Florence Haegel, la dinámica política ha hecho que, cada vez más, los candidatos sean cabezas de cartel de los partidos y no aventuras personales.

En ese contexto, las primarias se han ido imponiendo, primero en los partidos más asamblearios, como los ecologistas, después en el Partido Socialista, que las ha celebrado ya en dos ocasiones, más restringidas en 2006 -que acabaron con la victoria de Ségolène Royal frente a Dominique Strauss-Khan y Laurent Fabius- y totalmente abiertas en 2011.

Antes, en 1995, organizó un voto interno de los militantes para elegir al candidato presidencial que debía sustituir a François Mitterrand tras 14 años en el Elíseo. Lionel Jospin se impuso a Henri Emmanuelli.

Pero con el tiempo las primarias abiertas se han ido abriendo camino en la vida política francesa.

Los observadores coinciden en que las de la izquierda en 2011, las primeras abiertas organizadas por un gran partido, fueron una buena plataforma de lanzamiento de su candidato, François Hollande, que acabó conquistando el Elíseo tras vencer a cinco rivales: Martine Aubry, Arnaud Montebourg, Royal, Manuel Valls y Jean-Michel Baylet.

“A día de hoy siguen siendo el ejemplo”, señala a Efe el investigador de Centro de Investigaciones Políticas (Ceviprof) Bruno Cautrès.

El centroderecha cuenta con imitar el mismo fenómeno con el vencedor mañana del duelo entre François Fillon y Alain Juppé, los dos supervivientes de la nómina de siete que comenzó la carrera, en la que también estaban Nicolas Sarkozy, Nathalie Kosciusko-Morizet, Bruno Le Maire, Jean-Frédéric Poisson y Jean-François Copé.

Para Cautrès, las primarias pueden tener el efecto contrario al esperado y “debilitar el papel de los partidos”, puesto que se abre el arco de electores posibles y se restringe el poder de los aparatos.

“Los candidatos no defienden el programa del partido. Defienden el suyo que, además, obtiene una legitimidad directa”, indica el experto.

Aunque Haegel matiza que los candidatos “son fabricados por los partidos”, lo que preserva su poder de influjo.

Pero las primarias, apunta la investigadora, pueden conllevar una reducción del tiempo de la acción política en detrimento de un alargamiento de las campañas.

“Si sumamos los efectos del recorte del mandato presidencial de siete a cinco años decidido a partir de 2002 con la introducción de las primarias, la competición electoral se abre cada vez más pronto”, señala.

Otra consecuencia será la de “convertir en arcaicas” las candidaturas personalistas que prescinden de las primarias, como la del exministro de Economía de Hollande Emmanuel Macron, apunta Cautrès.

“Creo que ha cometido un error estratégico. Podía haber ganado las primarias de la izquierda y haber obtenido así la legitimidad electoral que le falta y la catapulta para las presidenciales”, señala el especialista, que augura que en un futuro no muy lejano incluso el ultraderechista Frente Nacional organizará primarias.

Luis Miguel Pascual –  EFE