En un libro desvelado recientemente, Roberto Gómez Bolaños “Chespirito” dejó detalles desconocidos de la serie y entre ellos la triste historia de cómo el “El Chavo” llegó a la vecindad y su verdadero origen.


‘El Chavo del 8’ es una de las series más exitosas de todos los tiempos. En la Vecindad, ocurrían historias insólitas y muy graciosas que hicieron, hacen y harán reír a millones de personas durante gran parte de sus vidas.

Allí, donde vivían Quico, Doña Florida, La Bruja del 71, Don Ramón, La Chilindrina, pasó de todo, pero con respeto y dejando una sabiduría muy inocente para todos los niños de todo el mundo.

El tiempo pasó pero varios fanáticos guardan dudas sobre el origen del niño pobre que se resguardaba en el barril. Porque claro, no vivía dentro del mismo, dormía en el departamento 8. Roberto Gómez Bolaños, el creador e intérprete de El Chavo, escribió un libro en 1995 donde contó todo eso que queremos saber.

‘El diario de El Chavo’ revela los secretos más profundos, como su verdadero nombre: Rodolfo Pietro Filiberto Raffaelo Guglielmi. En el mismo cuenta que no tuvo relación con su padre, pero sí con su madre, que lo dejaba en una guardería mientras trabajaba. Un día no volvió a buscarlo y fue derivado a un orfanato, del cual se escapó años después.

Su vida cambió rotundamente cuando una anciana lo llevó a la vecindad, donde había otros niños. Allí vivió muchas aventuras con sus amiguitos pero nunca dejó de ser pobre.

Prólogo del libro escrito por ‘Chespirito’:

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“¿Cómo te llamas? le pregunté.

– Pus da lo mismo, ¿no?

¿Qué es lo que da lo mismo?

– Que me llame como sea. De cualquier manera todos dicen que soy el Chavo del Ocho. *

¿Cuál es tu edad? – seguí preguntando.

– Mi edad son los años que yo tengo.

Por eso: ¿cuántos años tienes?

-Ocho, creo…

¿Dónde naciste?

– No lo puedo recordar porque yo estaba muy chiquito cuando nací.

Entonces dejé correr una pausa intentando que fuera él mismo quien reanudara la conversación, pero resultó evidente que su timidez le impedía hacerla. Por tanto, yo también interrumpí el interrogatorio.

Le di una buena propina cuando terminó de lustrar mis zapatos. Eso hizo que acudiera a sus ojos un brillo que antes había estado ausente, y que se pusiera a bailotear al tiempo que exclamaba: ¡Con esto me puedo comprar una torta de jamón… o dos… o tres…!

Y luego, pronunciando un rápido y entusiasta “gracias”, levantó ágilmente sus arreos de trabajo y se lanzó corriendo a la calle, donde empezó a sortear el intenso tránsito de automóviles con esa destreza que sólo tienen los niños pobres de las ciudades populosas. Luego, al tiempo que lo perdía de vista, aún alcancé a oír nuevamente las palabras que parecían mágicas: “¡Torta de jamón!”

Fue entonces cuando descubrí el cuaderno. Lo había dejado a un lado de la banca del parque donde estaba yo sentado. Y resultaba fácil suponer que era propiedad del Chavo del Ocho, pues su lastimoso estado hacía juego con el propietario.

Era un cuaderno corriente que mostraba con toda claridad el uso continuo a que había estado sometido. De las pastas de cartoncillo no quedaban más que pequeños e irregulares trozos manchados de grasa, polvo, sudor y vaya usted a saber qué otra cosa! Las hojas, algunas también incompletas, estaban enrolladas por las puntas y ostentaban igualmente gran cantidad de manchas de los orígenes; pero en ellas estaba contenido el manuscrito más espontáneo que jamás hayan podido ver mis ojos: “El Diario del Chavo del Ocho”.

La primera vez que lo leí sentí el remordimiento de quien sabe que está violando la intimidad de una persona. Pero lo leí por segunda vez y el sentimiento se fue convirtiendo en uno de inquietud, del cual pasaba después a la risa, la tristeza y el asombro. Entonces me convencí de que era necesario dar al público la oportunidad de conocer ese mundo extrañamente optimista en que se puede desenvolver un niño que carece de todo, menos de eso que sigue siendo el motor del universo: la fe.”

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