Cuando ya se habían acostumbrado al drama de los adictos al "nyaope" -una mezcla de heroína con otras drogas muy popular en las zonas urbanas deprimidas-, los sudafricanos reaccionan con espanto a un nuevo descubrimiento, el llamado "bloodtooth".


Derivado de la palabra “bluetooth” (la tecnología para intercambiar contenidos entre dispositivos tecnológicos) y modificada para introducir la palabra “blood” (sangre), el concepto da nombre a un método para compartir colocones con una misma dosis.

“Una persona se inyecta la dosis, y, una vez inyectada, la otra persona extrae la sangre de la primera y se la inyecta a él mismo. Funciona como si se hubiera inyectado la droga”, cuenta a Efe Solomon Legodi, del centro de tratamiento Second Chance, en el antiguo gueto negro de Mamelodi (Pretoria).

“Yo mismo lo utilicé, era consciente de los riesgos, pero como tenía el mono no me importaba. No podía soportar los dolores de estómago, los sudores fríos”, rememora a Efe Thulani, un joven que sigue el programa de rehabilitación del centro.

Las consecuencias pueden ser fatales para quienes practican el “bloodtooth”, y van desde el contagio de enfermedades como el sida a la muerte por mezclar grupos sanguíneos incompatibles.

“Puede provocar ataques al sistema inmunológico y una coagulación sanguínea severa, lo que puede causar el colapso del sistema circulatorio, el fallo de los órganos y la muerte”, advierte la doctora Jackie Thomson, del Servicio Nacional de Sangre Sudafricano (SANBS).

Concebido como una forma de abaratar costes, el “bloodtooth” no siempre sale gratis a quienes recurren a él, porque en ocasiones han de pagar una cantidad -mucho menor que la que pagan por la droga misma- a la persona que se deja extraer la sangre.

La alarma sobre el “bloodtooth” ha llegado hasta el Parlamento, donde la oposición ha pedido al Gobierno la introducción en la Policía de especialistas en drogadicción que ayuden a combatir este hábito.

Pese la reciente conmoción, el “bloodtooth” es utilizado por los adictos desde hace años, y es habitual en las cárceles sudafricanas.

Su emergencia está íntimamente ligada al “nyaope”, cuya aparición se remonta a 2008 o 2009, cuando estos polvos de heroína mezclada con productos como efedrina, detergente, arsénico y antidepresivos empezaron a venderse en las ciudades.

Entre los efectos del nyaope se cuentan la ralentización de los procesos mentales y las náuseas, además de la supresión del dolor, el riesgo de ataques al corazón y de abortos espontáneos.

A la larga, el “nyaope” produce complicaciones circulatorias y pulmonares y enfermedades del hígado y del riñón, además de problemas mentales.

Los adictos comienzan a consumir el “nyaope” fumándolo, pero pasan a introducírselo en vena cuando el primer modo de administración deja de hacerles efecto.

“Cuando se lo inyectan van cambiando de brazo para encontrar venas. A medida que no las encuentran van cambiando de lugar, llegando a pincharse en el cuello y hasta en sus órganos sexuales”, afirma Legodi, que ha visto casos de impotencia sexual y de incontinencia debido a ello.

Los constantes robos por parte de los adictos son una de las peores consecuencias sociales de esta adicción, destaca la directora del centro de tratamiento Second Chance, Shiluva Mashaba.

“Es algo que frustra enormemente a la gente, y muchas veces tenemos casos en que los vecinos se toman la justicia por su mano y los atacan”, señala Mashaba, que tiene a cargo a 20 muchachos en el centro y trata cada día a quienes acuden a pedir ayuda.

“Empecé con marihuana y luego pasé a otras drogas”, cuenta a Efe Manone Raphoko, de 22 años, que lleva aquí y aspira a encontrar un trabajo y a retomar su carrera truncada como futbolista. “Nunca tuve ninguna información sobre las drogas”, se lamenta Raphoko.

En las habitaciones que comparten con otro adicto los jóvenes cuelgan murales con recortes de revista que representan sus aspiraciones. Las imágenes de coches y casas se repiten en muchos de ellos, como referencias a la estabilidad y la familia.

Shiluva, Legodi y sus compañeros dan educación a los chicos, les hacen practicar fútbol y natación y les ayudan a encontrar trabajo. Uno de los retos es enseñarles a administrar el dinero que ganan.

Entre actividades, charlas de motivación y grupos de apoyo, estos jóvenes pasan su tiempo jugando al billar y al FIFA, o leyendo libros en una biblioteca que busca donaciones de ordenadores en los que enseñarles el mundo digital. EFE