Cada vez más jóvenes egipcias se atreven a salir de casa de sus padres y vivir solas antes del matrimonio, a pesar de que para ello tengan que enfrentarse no sólo a sus familias sino a toda la sociedad y a las trabas de los vecinos, porteros y arrendadores de apartamentos.


Nada Hasan, de 28 años, decidió independizarse hace siete años y relata a Efe que familiares lejanos y amigos de su hermano, así como los porteros y propietarios de las viviendas en las que ha residido, han intentado que desista de este hecho “inmoral”.

La joven diseñadora gráfica explica que “la gente piensa que si una chica se va a vivir sola cometerá todo tipo de actos perversos”, un prejuicio que le produce gracia y tristeza al mismo tiempo.

El mayor obstáculo con el que se ha enfrentado Hasan son los porteros que vigilan las entradas de las casas, los cuales “a veces asumen una autoridad mayor que la de la propia familia”.

“Primero está Dios, (luego) la policía y el portero”, ironiza la joven de tez oscura y pelo corto y rizado.

Hasan tuvo la suerte de que su madre la apoyó en su odisea, pero sabe que hay muchas otras chicas que se ven obligadas a huir de sus casas o a enfrentarse a sus familias para poder cumplir su voluntad.

Ahora, la joven mujer, que en ocasiones trabaja también como montadora de cine, podría verse obligada a regresar a la vivienda familiar de forma “provisional” porque está desempleada, pero dice que no renunciará nunca a tener su propia casa.

Para Marwa Helmi, de 32 años, tampoco fue fácil abandonar la provincia de Minia, en el valle del Nilo (sur), tras graduarse en la universidad en 2006 y decidir establecerse en El Cairo para buscar “el trabajo de sus sueños”.

Los padres de esta traductora y periodista apoyaron sus ambiciones pero las dificultades surgieron cuando empezó a buscar piso: “tardé diez meses en encontrar un apartamento cuyos dueños aceptaran que viviera sola”.

Al principio, no fue bienvenida, sobre todo por el portero, y su situación ha empeorado desde que decidió recientemente quitarse el velo islámico con el que se cubría la cabeza.

“Los vecinos hablan mal de mí o me insultan, en algunas tiendas ya no puedo comprar y algunos taxistas del barrio me piropean”, relata a Efe la joven, que se enfrenta de nuevo a la pesadilla de buscar piso, por el rechazo que siente en el distrito donde ha residido durante una década.

Por otra parte, Helmi explica que algunos de sus parientes esperan de ella “algún logro tangible”, por ejemplo, que consiga marido en El Cairo y se case, pero ella asegura que no necesita “demostrar nada a nadie” y que nunca pensó en “dar un paso atrás” y volver a casa, ni en casarse en contra de su voluntad.

“Independizarme es lo mejor que me pasó en la vida, nunca me arrepentí de ello”, insiste con orgullo y satisfacción la joven con sus grandes ojos oscuros.

Por su parte, Mai Abdulgani, de 25 años, tuvo que enfrentarse a su familia, tanto para ir a cursar sus estudios a El Cairo, como para permanecer luego en la capital para trabajar.

Procedente de la ciudad de Mansura, en el Delta del Nilo (norte), luchó para que su familia le permitiera acudir a la Facultad de Letras de El Cairo, ya que su padre prefería que estudiara en su localidad de origen.

Tras terminar la carrera, volvió a desafiar a su familia: “Fue más difícil convencerles de que me dejaran trabajar que estudiar, porque creen que (las mujeres) no necesitamos trabajar”.

Abdulgani cita una expresión egipcia que reza “las mujeres no tienen sino la casa de sus maridos” para explicar las reticencias de sus parientes.

Después de vencer esas reticencias, Abdulgani se enfrentó a un entorno hostil en el edificio donde alquiló un apartamento y asegura que los vecinos acosaban a sus compañeras de piso porque no llevaban un atuendo considerado “decente”.

“A mi no me acosaron porque tengo un aspecto conservador”, con la abaya (túnica que cubre todo el cuerpo) y el jimar (velo que cubre el cabello, los hombros y el pecho), añade.

“En nuestra sociedad se juzga a las chicas por su aspecto: la chica que no se viste de forma conservadora o vuelve tarde a casa es mala” a ojos de los demás.

La joven reside en el barrio popular de Faisal y trabaja como investigadora en una ONG local, y hace frente a la crisis económica que vive Egipto, tras la devaluación de la libra el pasado noviembre.

Su salario no es suficiente para mantenerse y ha tenido que pedirle dinero a su padre, el cual ha vuelto a cuestionar su decisión de vivir sola en la gran ciudad.

Abdulgani no se da por vencida pero reconoce que ser una mujer independiente en Egipto “tiene su precio” y que ella ha tenido más suerte que otras amigas, a las que sus familias les impidieron convertir sus sueños en realidad.

“Yo voy a ser lo que quiero, no lo que los demás quieran que sea”, promete. EFE