Tenía 16 años y no pudo ver el Etna, imponente desde el puerto de Catania, porque venía muy enfermo desde su Gambia natal a Sicilia, nuevo hogar de la mayoría de los niños migrantes que llegan solos a Italia, 25.846 en 2016, más del doble que el año anterior.


El muchacho murió, aparentemente de un fallo hepático, en el contenedor que sirve de enfermería en la cubierta del barco noruego de carga Siem Pilot, un día antes de llegar a ese puerto siciliano, donde desembarcaron 503 inmigrantes rescatados del Mediterráneo.

El Siem Pilot es uno de los buques con que la agencia europea de guardafronteras Frontex patrulla el Mediterráneo Central en un intento de controlar los flujos migratorios desde Libia y desmantelar las redes criminales que los organizan.

El comandante del equipo policial del buque, Jorgen Berg, se queda sin palabras cuando recuerda al chico mientras muestra a un grupo de periodistas españoles el contenedor-morgue donde se apilan los cadáveres de los fallecidos en las travesías migratorias.

“Habría muerto de todos modos”, dice a Efe un enfermero militar que asistió al adolescente en sus últimos momentos, cuando le contó que su padre había muerto y su madre sigue en Gambia, quizás sin conocer la suerte de su hijo.

A la tripulación le consuela saber que en la misma enfermería nació Orso di Mare, nombre que dieron al bebé que vino al mundo dos días antes, quizás porque su carita arrugada y su tamaño diminuto recuerdan a un oso de agua.

Guinea Conakry, Costa de Marfil, Nigeria y Gambia son los países que más emigrantes están enviando a Italia, que en 2016 registró la mayor presión migratoria de la UE (casi 182.000 personas, un 18% más que en 2015) tras el cierre de la ruta de los Balcanes a los refugiados, fundamentalmente sirios, en marzo de 2015, cuando la UE firmó el pacto de devolución con Turquía.

Hasta el 7 de marzo, habían llegado a Italia otros 15.844, un 70,2 % más que en el mismo periodo de 2016, según datos del Ministerio del Interior italiano.

Los menores no acompañados eran 1.670 hasta el 27 de febrero.

En el buque noruego llegaron el domingo pasado 104 menores, que hicieron el último tramo de su viaje en el espacio separado para niños y mujeres sobre la cubierta del buque noruego, cuyos responsables procuran mantenerlos tranquilos y amenizados con juguetes y música africana que pone a bailar a inmigrantes y policías.

Los menores que viajan solos son trasladados a centros como el de Augusta, a 35 kilómetros al sur de Catania, y no pasan por el proceso de identificación, con toma de fotos y huellas, que Frontex coordina en los distintos puntos de recepción y registro de migrantes en las costas de Sicilia.

En ellos se determina cuáles son susceptibles de recibir asilo, principalmente sirios y eritreos, y cuáles son inmigrantes económicos y “por tanto, deben ser devueltos” a sus países de origen, dice el jefe del equipo de apoyo migratorio de la Comisión Europea en Sicilia, Marc Arno Hartwig.

Los menores evitan ese escrutinio y gozan de “gran protección” en la legislación italiana, con acompañamiento y ayuda de ONG como Save the Children, asegura.

Activistas en Sicilia denuncian, sin embargo, que los muchachos son retenidos por largos periodos en los centros de identificación, que los albergues para ellos no reúnen condiciones y son insuficientes y que muchos terminan en las calles, sin protección alguna.

El pasado día 3, la Comisión Europea propuso un plan de acción para expulsar de la UE a los inmigrantes considerados económicos, un millón según fuentes comunitarias.

Unicef, Save the Children y varias ONG denunciaron que el plan “anima a llevar a cabo retornos rápidos de las personas, incluidos los niños, con salvaguardas reducidas en el procedimiento y a través del aumento del uso de la detención”.

“Los niños nunca deberían ser detenidos por motivos migratorios”, advirtieron.

En Sicilia, hay muchachos acogidos por familias como Alpha, que ha cumplido su mayoría de edad en Italia y sueña con poder visitar algún día a sus padres y sus hermanos en Gambia, pero no dejará nunca que estos hagan su misma travesía.

Alpha va a la escuela, juega al fútbol y también hace teatro y sirve de pinche de cocina para su compatriota Abdulá en el pequeño restaurante de comida étnica que organiza la asociación cultural Issola Quassùd, convertida en una segunda familia para estos chicos.

“La vida no es fácil”, dice con sólo 18 años, después de narrar a Efe su periplo de Gambia a Libia y en el bote de goma en el mar, sin saber nadar, hasta que fue rescatado. Quería llegar al Reino Unido pero ahora planea un futuro como chef en Italia. EFE