Los laberínticos zocos medievales de Alepo están muertos, sus oscuras calles abovedadas parecen profundas simas sin fondo: El 60 por ciento del mercado, sus mezquitas y janes está "destrozado o quemado". Ahora, tras el fin de la guerra, comienza la lucha por su reconstrucción.


Sus callejones e históricos edificios fueron campo de batalla entre los rebeldes, que se levantaron en armas contra el presidente, Bachar al Asad, y las tropas del régimen, que no dudaron en bombardear sin tregua los antiguos barrios para ahogar la revuelta.

La mezquita Omeya de Alepo, reconstruida por última vez en el siglo XII, es un reflejo de esa lucha sin cuartel. Su alminar está caído, sus muros, llenos de impactos y reforzados con sacos terreros, y con varios agujeros abiertos por francotiradores.

Entre tanta oscuridad, reforzada por el hollín de las estancias quemadas, una leve claridad ilumina una pared de ladrillos levantada por los rebeldes cuando controlaban la zona para proteger de tanta barbarie el “mihrab” (hendidura que marca la dirección del rezo), una puerta y la tumba de un santón.

La frenética actividad que caracterizaba a sus calles ha sido sustituida por el silencio de los escombros y las penumbras.

Según el jefe del Departamento de Antigüedades sirio, Maamun Abdelkarim, más allá de los zocos, “más del 40 por ciento de la ciudad está bien, un 30 por ciento ha sufrido daños y se puede restaurar (…) y menos de un 30 por ciento está en un estado catastrófico”.

Abdelkarim, que intenta mirar hacia la destrucción sin perder el optimismo, reconoce a Efe, no obstante, la titánica tarea que queda por delante, una lucha contra el tiempo y contra los empresarios sin escrúpulos que cree que se pueden aprovechar de la situación, según explica.

Contra el tiempo, porque “los materiales no son tradicionales, tienen barro y elementos frágiles y con el regreso de un nuevo invierno los daños aumentarán”.

Y contra los hombres de negocios porque Abdelkarim teme que se apresuren a reconstruir sin método alguno y pensando únicamente en hacer dinero rápido. “Estamos a favor de la reconstrucción y de las oportunidades de trabajo, pero siempre que no sea a costa del patrimonio ni de la identidad de la ciudad”, subraya.

“Necesitamos decenas de años y mucho dinero, tiempo, discusión y apoyo para recuperar Alepo de la manera correcta y respetuosa”, agrega el responsable sirio, que apunta que en la actualidad hay en la ciudad 25 arquitectos y especialistas en antigüedades valorando los daños.

Según Abdelkarim, es necesario aprovecharse de las experiencias sufridas por otros países como Berlín, Beirut o Sarajevo, para aprender de los aciertos y evitar que se repitan los mismos errores.

“No queremos hacerlo a la manera de la (constructora) Solidere en (el casco antiguo de) Beirut, cuando convirtieron Beirut en Dubái”, subraya.

Para evitar que la destrucción siga ganando terreno han lanzado una intervención de emergencia para fijar y consolidar partes dañadas de edificios, pero advierte de que “paralelamente se necesita un plan nacional e internacional para revivir los barrios de Alepo”.

Por el momento, la fundación Agha Khan, que ya ha trabajado en la zona, ha presentado un plan para restaurar el 20 por cierto de la ciudad antigua. En concreto, precisa Abdelkarim, en las zonas situadas en torno a la Ciudadela de Saladino, construida en el siglo XII y que no ha sufrido tantos daños como los zocos vecinos, debido a que estuvo siempre controlada por el Ejército.

Pasear por el castigado patio de la mezquita Omeya, entre el pozo de agua y la pila de abluciones, asomarse a los destruidos callejones anexos, donde antes florecían los bulliciosos restaurantes turísticos y atravesar el silencio de los zocos hasta la Ciudadela es sobrecogedor.

Las ruinas de estos monumentos, declarados patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1986, reflejan el sinsentido de una guerra civil que mañana cumple su sexto año y que ha causado cientos de miles de muertos y millones de desplazados y de refugiados. EFE