La revista CityLab en un extenso artículo explica que la mayoría de las ciudades cuentan con pequeños pero valiosos espacios para que las aves y otros animales puedan sobrevivir. Sin embargo, estos están constantemente en peligro.


Foto: Cortesía Tetsu Espósito.

En nuestro patio, solíamos tener una pequeña arboleda, compuesta de cinco o seis árboles de hasta los 50 pies de alto. En verano, los árboles daban sombra a las cinco casas que los circundaban. Pero en invierno, nos quedábamos absortos mirando la mezcla de árboles caducifolios y de hojas perennes, los cuales parecían anhelar la primavera.

Además de ser un descanso visual para mis vecinos y yo, la arboleda exultaba vida: divertía ver cómo las ardillas se daban caza unas a otras de rama en rama. Las urracas azules y los cardenales se posaban en nuestras cercas o en el porche del fondo. Las palomas, los gorriones y los estorninos se peleaban por el pan que mi más viejo vecino, confinado en su hogar, les arrojaba. Por no hablar de mapaches, zorrillos, una que otra familia de zarigüeyas y, en los últimos tiempos, un conejito que se abría paso por debajo de la cerca para, cada mañana, desayunar.

Sin embargo, un día, la arboleda fue destruida. El terreno que por décadas había sido un jardín, fue comprado y nivelado para ser convertido en un complejo de tres casas unifamiliares. En un chasquido de dedos, nuestro oasis urbano se desvaneció.

De tal suerte que esa vida silvestre pero también urbana, esa fauna a la cual nos habíamos acostumbrado y al lado de la cual habíamos crecido comenzó, al mismo tiempo, a desaparecer. Durante las horas y los días que sobrevinieron al derribo de los árboles, un grupo de ardillas parecía confundido y asomaba en nuestras cubiertas y jardineras, como preguntándose: ¿qué ha sido de nuestros almacenes de nueces? Los estorninos y los gorriones continuaron posándose en la hiedra junto a la cerca existente, pero ya ni son tantos ni lo hacen con tanta frecuencia cada día. Y en lo que respecta al majestuoso azulejo y al cardenal, jamás los hemos vuelto a ver.

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Por supuesto que todo esto me llevó a pensar: conforme lidiamos con el impacto de la gentrificación en los residentes de bajos y medianos ingresos, ¿deberíamos debatir más en torno al desplazamiento de la vida silvestre? ¿Qué podemos hacer los seres humanos para acoger y proteger a nuestros vecinos no humanos? ¿Y a dónde fueron a parar mis ardillas y mis gorriones?

Primero que todo, hay que decir una verdad elemental: las ciudades son también naturaleza. “Manejamos esta idea de que el mundo urbano y el natural son cosas aisladas. Somos la única especie que ve y entiende el panorama de esa forma”, aseveró el doctor Eric Strauss, director ejecutivo del Centro para la Adaptación Urbana en la Universidad Loyola Marymount en Los Ángeles. “No es como que un pájaro vuela hacia Boston y dice: ‘Ahora que estoy en una ciudad’. Fuimos nosotros quienes cambiamos este paisaje. Pero todo es aún naturaleza, solo que no como queremos creer o recordamos que es”.

Compartir las aceras de nuestras metrópolis con árboles, pájaros y en general animales es un buen gesto. Por raro que suene, la vida silvestre urbana ayuda a controlar la propagación de enfermedades que típicamente los animales transmiten a los hombres, revela Strauss. Mientras se urbanizan las áreas, añadió, depredadores de primer nivel como lobos y pumas son expulsados, creando una presión que se libera sobre coyotes y zorros, o sea, depredadores de mediano tamaño. “Estos juegan un papel muy importante en las áreas urbanas”, indicó Strauss, contribuyendo a reducir la fértil tasa reproductiva de los gatos callejeros, lo que como consecuencia permite recuperarse a las poblaciones de pájaros. Y estos últimos, como sabemos, se comen los insectos que tienden a transmitir las enfermedades a los humanos.

“Fuimos nosotros quienes cambiamos este paisaje. Pero todo es aún naturaleza, solo que no como queremos creer o recordamos que es”.

“En la mayor parte de la historia de las ciudades, estas no fueron lugares lo que se dice muy saludables para morar”, continuó Strauss. “Cuando se cuenta con una diversidad animal intacta, se puede controlar las enfermedades zoonóticas sin echar mano a tanto pesticida”.

Pero quizás más significativas sean las dos ventajas socioespirituales que disfrutan los humanos rodeados de vida silvestre en la ciudad, según Wayne Petersen, quien dirige el programa de Áreas Importantes de Aves en la organización Mass Audubon. Escuchar el suave gorjeo de un grupo de gorriones vecinos o avistar un azulejo afuera de la ventana del fondo reporta distracción y alegría a los residentes urbanos, indica Petersen. Para mi vecino, recluido en su casa, alimentar los pájaros y las ardillas le proporcionaba cierta conexión imprescindible con el mundo exterior, además de un propósito diario.

“La gente necesita relacionarse con el mundo natural”, agrega Petersen. “Tristemente, de muchas maneras eso se está perdiendo”.

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En la mayoría de los casos, la pérdida de estos ecosistemas urbanos no está ocurriendo en grandes extensiones de terreno, sino a pequeña escala, explicó Strauss: se pierden unos pocos árboles por aquí o un pequeño parque por allá. Lo que sucede es que los espacios verdes acaban siendo relegados a los confines de la ciudad, amenazando a especies más frágiles –como el búho manchado–, las cuales prefieren hábitats más grandes y centralizados. Cuando esos hábitats son intervenidos para dar paso a una autopista u otro proyecto constructivo, reiteró Strauss, los búhos y otras especies suelen abandonar las áreas urbanas por completo.

“En la medida en que comienzas a afectar su espacio cada vez más, llega el momento en que solo las especies más generales, o antropogénicas y, digamos, la especies más citadinas pueden sobrevivir”. Dado el tamaño y la ubicación de la arboleda destruida en el Este de Boston –ubicada entre las cubiertas de tres pisos y las casas adosadas–, Petersen cree que la vida silvestre que vivía ahí tendía a ser de este origen resistente y adaptable a la ciudad.

Pues bien, ¿a dónde es que esos animales fueron a parar? Ellos se recuperaron pronto de la conmoción inicial que les produjo la pérdida de su hábitat, aseguró Petersen, y se habrían desplazado hacia el próximo dosel forestal del mismo barrio o quizás mucho más lejos. Podrían no haberse movido como grupo, añadió: los pájaros no son comunales, al menos no en el sentido en que lo son los seres humanos, y cada uno de ellos cuenta con sus requisitos para sobrevivir. Aunque el hecho de evolucionar en las ciudades les ha enseñado a estas especies cómo ser más resistentes y adaptables.

“Encuentran comida donde pueden”, dijo Petersen. “Y todas sus otras necesidades estacionales, aparentemente, son satisfechas. Algunas aves, como los gorriones y las palomas, son aves de ciudad en cualquier caso. Es en la ciudad donde son más felices”.

Y a diferencia de las especies de pájaros que habitan los bosques, los pantanos y los campos, las aves urbanas no requieren mucho en términos de espacio. Algunos árboles a lo largo del Parque Linear Rose Kennedy, de dos millas de longitud, o dentro de uno de los cementerios más grandes e históricos de la ciudad sirven como posaderos ideales a las aves que residen aquí todo el año y también a las migratorias.

Con todo, la fragmentación del hábitat de las aves y demás animales es un problema con el cual las ciudades y los vecindarios tendrán que lidiar permanentemente, sostuvo Strauss. Ciertas metrópolis están creando otros ecosistemas, tales como el antes mencionado Parque Linear, construido sobre parcelas perfectamente edificables y protegiendo los hábitats existentes. En Los Ángeles, dirigentes civiles han improvisado un conjunto de fondos estatales y subvenciones y donaciones federales para diseñar decenas de ‘ parques de bolsillo’ en terrenos abandonados por toda la ciudad. Estos parques, de un acre o menos por lo general, incrementarán de forma dramática el espacio verde de Los Ángeles y, presumiblemente, su población silvestre.

El yaguarundi o puma ya tiene pocos sitios en donde vivir en Asunción. Foto: Sergio Ríos.
El yaguarundi o puma ya tiene pocos sitios en donde vivir en Asunción. Foto: Sergio Ríos.

La creación de los hábitats silvestres en terrenos abandonados y públicos no es tan difícil como la protección, en terrenos privados afirmó Strauss. Pero las soluciones son posibles cuando los residentes son personas educadas en los beneficios de estos ecosistemas y les preocupa cómo protegerlos. “La intervención ecológica exitosa debe ser un acuerdo negociado en la comunidad”, adujo Strauss. “Las comunidades deben decidir no qué espacios verdes o animales quieren en sus predios, sino qué servicios del ecosistema ellos requieren”, acota. Una vez que una comunidad o un barrio decide qué quiere de la naturaleza, los árboles y los animales específicos que han de ser introducidos o protegidos se identifican con más claridad. Y disponiendo de un marco regulatorio que salvaguarde los ecosistemas existentes, las ciudades pueden reforzar su cumplimiento a partir de un sistema de incentivos y multas.

“Contamos con políticas que ofrecen incentivos a individuos privados y entidades corporativas para que realicen el bien público, pero también hay sanciones para cuando esa confianza se rompe”, refirió Strauss. “Ese mismo cálculo debería aplicarse a los espacios verdes”.

Este artículo fue publicado originalmente en inglés en CityLab.com.