Un mapa expuesto en una conferencia de prensa en Ginebra, tras el fracaso del último intento de la ONU de negociar la paz en Siria, y que exhibe la partición de su territorio entre distintas entidades que ejercen el control es la mejor muestra de que el país está aún muy lejos de la paz y la normalidad.


Si bien su intensidad se ha atenuado mucho -frente al pico que alcanzó hace justo un año por la ofensiva del Ejército sirio y de sus aliados para recuperar Alepo- el conflicto persiste y la inestabilidad es una amenaza constante para Siria.

El mediador de la ONU en las negociaciones de paz entre oposición y Gobierno sirio, Staffan de Mistura, lo demostró el pasado día 14, mostrando el mapa que evidencia que aunque el Gobierno del presidente Bachar Al Asad controla la mayor parte del centro y sur del país y los principales centros urbanos, otras fuerzas siguen muy presentes.

El noreste de Siria está actualmente controlado por fuerzas kurdas, diversos grupos rebeldes se encuentran en la provincia de Idleb y en áreas desperdigadas del sur, y todavía hay remanentes del Estado Islámico (EI) cerca de la frontera con Irak.

Para la ONU y buena parte de la comunidad internacional, la única manera para que Siria retorne a la normalidad es mediante un arreglo político basado en una reforma de la Constitución y en elecciones, conforme a la resolución 2254 del Consejo de Seguridad, que establece los parámetros de la misión confiada a De Mistura.

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En los dos años transcurridos desde la adopción de esa resolución, el Gobierno ha utilizado numerosos pretextos para eludir esa discusión y el fracaso de la última ronda de negociaciones convocada por De Mistura -las primeras dos semanas de diciembre- indica que ni sus triunfos militares le han hecho cambiar de posición.

El bloqueo siempre es el mismo: el rol del presidente sirio, Bachar Al Asad, en el futuro de Siria, sobre lo cual ni él ni su entorno aceptan ni la más mínima discusión, como tampoco la han aceptado hasta ahora en relación a cambios en la Constitución o a elecciones libres.

La posición de fuerza en la que se encuentra ahora el Gobierno no le ha convencido de aceptar una verdadera negociación con la oposición, contrariamente a lo que De Mistura esperaba cuando pidió a ambas partes que retornaran a Ginebra para dialogar.

En dos años de discusiones diplomáticas, los delegados de la oposición y del régimen no se han visto las caras, en particular por la negativa de los últimos, que rechazan sentarse en la mesa con aquellos que reclaman la partida de Al Asad.

«Esta claro que se necesita, de manera desesperada, un verdadero proceso político bajo los auspicios de la ONU para aplicar la resolución 2253, todos sentimos eso», se lamentó recientemente De Mistura.

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El reconocimiento de que tras ocho rondas de conversaciones en Ginebra nada se ha conseguido negociar ha sido contundente, como lo ha sido la sensación de impotencia del mediador, que recordó al Gobierno sirio que una cosa es ganar en el campo de batalla y otra muy distinta es recuperar la paz.

Nunca como ahora ha sido tan claro que la llave de oro para una solución definitiva de la crisis siria y del inicio de una fase de reconstrucción del país está en manos del presidente ruso, Vladímir Putin, quien ha mostrado en el último año que tiene sus propias ideas sobre lo que debe ser un proceso de paz para Siria.

El desinterés de Putin hacia las negociaciones que auspicia la ONU es cada vez más flagrante, como sus intentos de crear «alternativas» a ella.

La primera consistió en una serie de reuniones en Astaná entre Rusia, Irán y Turquía con el fin de conseguir treguas en Siria, las que se respetaron muy parcialmente; y la segunda y más reciente, un iniciativa llamada «Congreso de Diálogo Nacional Sirio», que Moscú ha convocado para febrero próximo en Sochi.

La victoria de las fuerzas rusas en Siria -de las cuales una parte importante volverán en breve a Rusia- y el repliegue casi total de Estados Unidos en este expediente han asentado la influencia de Rusia en Oriente Medio y consolidado el trío ruso-turco-iraní.

Nada de esto impide que Siria entre en 2018 totalmente empobrecida por siete años de guerra interna y con la mitad de los sirios dependientes de la ayuda humanitaria.

Ello implica que cualquier esfuerzo serio de reconstrucción dependerá en buena medida de una comunidad internacional que no se cansa de pedir un acuerdo de paz, probablemente ahora con menos exigencias que en los últimos años y que podría incluso ver a Al Asad perpetuarse en el poder. EFE

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