Se toca, se canta, se baila... y se contagia. Es el chamamé, una manifestación cultural que mezcla raíces indígenas con toques europeos y africanos y que cada enero hace vibrar a miles de almas hispano y luso parlantes en Corrientes, capital de una particular y apasionada 'nación' musical.


Con 350.000 habitantes y a unos 900 kilómetros al norte de Buenos Aires, el ritmo de esta ciudad argentina se torna frenético cada principio de año. Y no es para menos: durante diez noches es la anfitriona de una fiesta por la que pasan argentinos, paraguayos, brasileños, y, en menor medida, uruguayos y bolivianos.

“Desde gente muy grande a muy joven que viene a disfrutar. Hay como un renacer del chamamé en este escenario y en todos. El chamamé decimos que es mucho más que una música y una danza. Es una manera de vivir”, cuenta Gabriel Romero, presidente del Instituto de Cultura de la provincia de Corrientes, organizador de la Fiesta Nacional del Chamamé, que alcanza su 28 edición.

Ante un exigente público -en torno a 15.000 personas por noche-, y por grupos o en solitario, músicos y bailarines niños, adolescentes, veinteañeros y los más veteranos artistas se suben al escenario del anfiteatro Mario del Tránsito Cocomarola (1918-1974), considerado el padre del ‘nuevo chamamé’.

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“El chamamé es mi vida, es a lo que me dedico, por lo que vivo y por lo que respiro”, cuenta Gabriel Cocomarola, nieto del célebre músico que, a punto de cumplir 30 años, puede presumir de ser uno de los más destacados talentos de un género en constante evolución que no olvida su pasado.

Mientras las letras de las piezas cantadas claman al amor, al paisaje, las costumbres, las cuestiones sociales o la religiosidad popular, la música de todas ellas y de los temas exclusivamente instrumentales corre cargo, principalmente, de la guitarra, el acordeón o el bandoneón, punto en común con el tango.

Y es que, según aportan los expertos, el chamamé -cuyo origen genera controversia pero suele ubicarse en el siglo XVII- arrancó con instrumentos como el clarinete y el violín, pero después supo beber de otros que marcaron su identidad.

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“Es música y baile indisolublemente unidos. Algo similar a lo que acontece con el tango. Su gestación tiene que ver con el aporte de lo europeo y africano, que se une a lo local guaranístico”, señala Eduardo Sívori, director artístico de la fiesta, que, aunque no es la única, es considerada la más importante de un genero que en pueblos, ciudades y casas se cultiva todo el año.

Esta ‘cultura común’, con diversas variedades y que incluye un colorido baile con tradicional vestimenta, es compartida por el noreste argentino y zonas contiguas de Brasil, Paraguay, Uruguay y Bolivia, lo que engloba a unos 30 millones de personas. “Por eso se me ocurrió hablar de ‘nación chamamecera'”, agrega Sívori.

Aunque se establece que el genero nació en la provincia correntina, una de las más antiguas de Argentina, cuentan que lugareños de antaño que fueron poblando tierras colindantes se llevaban en la mochila no solo el trabajo, sino también la cultura.

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“Es muy fácil unir todos los pueblos cuando hablamos la misma lengua, que es el arte”, relata Tomás Savaris, guitarrista de Yangos, cuarteto instrumental brasileño formado en la sureña provincia de Rio Grande do Sul en 2005.

Tras años llevando por Latinoamérica su forma de tocar el chamamé, más enérgica que la tradicional, su último disco fue nominado a mejor álbum de música de raíz brasileña de los premios Grammy.

En declaraciones, el gobernador de la provincia correntina, Gustavo Valdés, explicó que esta es la única música que une a los cuatro pueblos del Mercado Común del Sur (Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay), parte de la “nación” indígena guaraní que se extendía en esos territorios.

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Si bien durante mucho tiempo el chamamé fue tildado de música ‘de segunda’, de gente de campo y clases sociales bajas, desde hace unos años tiene identidad propia y reconocida, y ya se impulsa una iniciativa para que la Unesco lo declare patrimonio intangible de la Humanidad, como ya son en Argentina el tango y el arte del fileteado.

“Tenemos que seguir ahondando en nuestras tradiciones, porque aquel pueblo que no sabe de dónde viene y no tiene cultura no sabe a dónde va”, concluyó Valdés.

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Se logre o no la hazaña de la Unesco, para miles de sudamericanos este género es ya patrimonio de su corazón. Y decir ‘Sapucay’ -grito clásico del chamamé-, la mejor forma de manifestar alegría.

“Es música con mucho sentimiento, el que la interpreta le sale desde adentro, es algo que no se puede escribir en una partitura. Tienen que venir para darse cuenta”, concluye Gabriel Cocomarola, que con su grupo y su acordeón está dispuesto a no tener barreras. EFE