La sorpresiva petición de Argentina de un préstamo al Fondo Monetario Internacional (FMI) inaugura un nuevo capítulo en las relaciones entre ambas partes, apenas dos años después de que se recondujesen y lloviesen los halagos a la llegada del gobierno de Mauricio Macri.


Más de doce años después romper con la institución financiera internacional, Argentina vuelve a llamar a las puertas del FMI.

Tras la profunda crisis de comienzos de siglo que desembocó en la suspensión de pagos de 2001 y de la que gran parte de los argentinos culpó a las exigentes recetas del Fondo, el gobierno izquierdista de Néstor Kirchner (2003-2007) decidió saldar en 2005 de una sola vez la deuda con la institución financiera de 9.800 millones de dólares.

“Esta deuda ha sido constante vehículo de intromisiones, porque está sujeta a revisiones periódicas y ha sido fuente de exigencias y más exigencias, que resultan contradictorias entre sí y opuestas al objetivo del crecimiento sustentable”, afirmó Kirchner en el solemne discurso de cancelación de la deuda en diciembre de 2005 desde la Casa Rosada ante los aplausos de legisladores y funcionarios.

Sucedido en la presidencia por su esposa Cristina Fernández en 2007, el Gobierno argentino continuó su distanciamiento respecto al FMI y acabó desembocando en renovadas fricciones.

Durante años, en sus informes sobre la economía mundial el Fondo advertía que las estadísticas oficiales argentinas no eran precisas, especialmente en materia de inflación, por lo que incluían a pie de página los estimados de analistas privados, siempre mucho más altos.

Este tira y afloja llevó a que en 2013 el FMI, ya con Christine Lagarde como directora gerente, emitiera una “declaración de censura” por detectar irregularidades en las cifras del Instituto Nacional de Estadísticas y Censos (INDEC) y señalar que las autoridades argentinas manipulaban los datos.

El Gobierno de Cristina Fernández (2007-20015), por su parte, recrudeció sus ataques al Fondo, al que acusó de representar las “nefastas políticas neoliberales”, en palabras de Axel Kicillof, ministro de Economía de Argentina en 2014.

“Algo anda mal con los modelos (del FMI), que siempre se equivocan con Argentina”, afirmó Kicillof durante su participación en la asamblea anual del organismo en octubre de ese año.

Las relaciones entraron entonces en una tenso impasse del que no se recuperaron hasta la derrota del oficialismo y la victoria del candidato de centro-derecha, Mauricio Macri, en las elecciones presidenciales de finales de 2015.

Desde entonces, un nuevo y brusco giro del guión.

En solo unos meses, el cambio de tono del Fondo fue radical y la agenda de reformas de Macri ha sido constantemente alabada por parte de Lagarde y otros altos cargos de la institución financiera internacional.

En marzo, durante una visita oficial a Buenos Aires, Lagarde se mostró “impresionada” por las medidas planteadas por el gobierno argentino.

Por ello, apenas dos meses después cayó como una bomba el anuncio de Macri de que iniciaría las conversaciones para recabar el “apoyo financiero” del Fondo y “evitar otra crisis”.

Pocos países cuentan con un recelo tan extendido contra el Fondo como en Argentina, donde sus recomendaciones son percibidas casi como anatema.

“La decisión es atrevida. Argentina, que no es un extraño a los programas del Fondo, tiene una historia muy complicada con la institución”, apuntó Monica DeBolle, economista del Peterson Institute de Washington y profesora la Universidad Johns Hopkins University en un artículo.

DeBolle remarcó que “tras el anuncio, los economistas argentinos de todos los lados del espectro político rápidamente criticaron la medida” y señaló que “dañará inequívocamente” la popularidad de Macri.

Más aún, la solicitud de Argentina devuelve las sombras económicas sobre Latinoamérica.

“El regreso del FMI a una región plagada de una historia de programas fallidos no es muy esperanzadora. Para aquellos que creían que la región había superado el Fondo de una vez por todas, Argentina es de nuevo una llamada de atención”, agregó la experta. EFE