Los sondeos dan ganador al líder chavista el 20 de mayo con una alta abstención, pero el gobierno prepara su maquinaria para evitar una inesperada derrota.


En el laberinto electoral venezolano hasta las encuestas de las presidenciales son contradictorias. Algunas dan a Nicolás Maduro como ganador el 20 de este mes, otras apuestan por el opositor disidente Henri Falcón y las menos apuntan a que el evangélico Javier Bertucci crece en los últimos días. Un duelo entre minorías donde la abstención, promovida por la opositora Mesa de la Unidad Democrática (MUD), chavistas disidentes, la Iglesia Católica y distintos movimientos se mueve hoy en torno al 50% en un país donde el 75% sueña con un cambio que deje atrás los 19 años de gobierno revolucionario.

Para complicar aún más el trabajo de los analistas, tan solo el 24% de los electores confía en el Consejo Nacional Electoral (CNE) por su obediencia al presidente, según una encuesta realizada por la Universidad Católica Andrés Bello y la firma Delphos.

Así las cosas, el favoritismo de Maduro es incontestable, de tal magnitud que en la frontera se baten récords del número de personas que atraviesan los puentes internacionales hacia Colombia, huyendo del derrumbe del país. Casi nadie de los que se van, abrumados por la desesperanza, cree en otro desenlace. ¿Es posible, sin embargo, una sorpresa histórica en Venezuela del calibre de la victoria de Donald Trump en Estados Unidos o del Brexit en Gran Bretaña?

“Ninguna. La única sorpresa que podría ocurrir es que Falcón llegue tercero porque Bertucci es la candidatura que más crece. Pero sería una sorpresa”, enfatiza el exalcalde exiliado Ramón Muchacho para resumir un sentimiento nacional.

Los sondeos preelectorales suman a duras penas inquietudes y desalientos para desdibujar la fotografía del momento electoral en una campaña que se vive sin emociones y bajo el ritmo que marca Maduro. El jefe del Estado se lanzó a recorrer el país y aparentar euforia en un baño de multitudes tras otro, empujadas en buena parte por el músculo del Estado.

“No se trata de unas elecciones democráticas sujetas a reglas, sino de una contienda donde el actor oficial maneja las fechas, los hilos, los recursos; unas elecciones a la carta donde impone las reglas del juego e incluso puede alterar los resultados”, resume el politólogo Luis Salamanca, exrector del CNE.

El carnet de la patria, a través del cual se reparten bonos económicos y las famosas bolsas de comida CLAP, adaptación de la libreta cubana de racionamiento, se convirtió en la principal baza electoral del “hijo de Chávez”.

Una cuasiperfecta herramienta de control social y político que para una tercera parte de la población delatará además cuál será su voto. La mitad de la población está convencida de que puede perder los beneficios que da el Estado o, incluso, siente miedo a ser agredida.

Recapitulando: una “campaña demencial marcada por el clientelismo autoritario, gracias al cual el gobierno puede alcanzar 5 millones de votos”, según Salamanca, pero “con tan mal candidato (Maduro) que supone un factor de riesgo” para ese mismo oficialismo.

Aunque parezca imposible, “hay una posibilidad de sorpresa”, concluye el analista. Eso sí, “el chavismo tiene cómo neutralizarla”. Los expertos electorales de los tres bandos saben que ni Falcón ni Bertucci, quien recoge votos de chavistas enfadados, poseen organización nacional para defender el voto, sobre todo en los colegios electorales de una sola mesa, tradicionalmente controlados por la revolución y donde mejores resultados obtienen sus candidatos.

La oposición denunció en otras elecciones que en esos centros se dan votos dobles, triples y múltiples. Son lugares donde también se amedrentan a los fiscales electorales de la oposición y donde se llegó a amenazar a los votantes. “Y, en última instancia, con cambiar la data y dar una totalización distinta, como en las elecciones a la Asamblea Nacional Constituyente, les basta”, subraya Salamanca.

En esos comicios de julio del año pasado, la empresa totalizadora Smartmatic denunció públicamente que el oficialismo había inflado sus resultados con al menos un millón de votos.

Por: Daniel Lozano, LN