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Fue el inicio de una carta de una madre dedicándola a un hijo, pidiendo de que la comprenda, tenga paciencia y la acompañe. Humberto Rubin la leyó en honor a todas las madres en su día.


“El día que esté vieja y ya no sea la misma, ten paciencia y compréndeme.
Cuando derrame comida sobre mi camisa y olvide cómo atarme los zapatos, recuerda las horas que pasé enseñándote a hacer las mismas cosas.

Si cuando converses conmigo, repito y repito la misma historia que sabes de sobra cómo termina, no me interrumpas y escúchame. Cuando eras pequeño, para que durmieras tuve que contarte miles de veces el mismo cuento hasta que cerraras tus ojitos.

Cuando estemos reunidos y sin querer haga mis necesidades, no te apenes y comprende que no tengo la culpa de ello, pues ya no puedo controlarlas. Piensa cuántas veces cuando niño te ayudé y estuve pacientemente a tu lado esperando a que terminaras lo que estabas haciendo.

No me reproches porque no quiero bañarme, no me regañes por ello. Recuerda los momentos que te perseguía y los mil pretextos que inventaba para hacerte más agradable tu aseo. Acéptame y perdóname, ya que soy la niña ahora.

Cuando me veas inútil e ignorante frente a todas las cosas tecnológicas que ya no podré entender, te suplico me des todo el tiempo que sea necesario para no lastimarme con tu sonrisa burlona. Acuérdate que fui yo la que te enseñó tantas cosas: comer, vestirte y tu educación para enfrentar la vida tan bien como lo haces, son producto de mi esfuerzo y perseverancia por ti.

Si cuando conversemos me llegase a olvidar de que estábamos hablando, dame el tiempo que sea necesario para que yo recuerde, y si no puedo hacerlo, no te burles de mi; tal vez no era importante lo que hablaba y me conforme con que sólo me escuches en ese momento.

Si alguna vez ya no quiero comer, no me insistas. Sé cuánto puedo y cuándo no debo. También comprende que con el tiempo ya no tengo dientes para morder, ni gusto para saborear.

Cuando me fallen mis piernas por estar cansadas para andar, dame una mano tierna para apoyarme, como la hice yo cuando comenzaste a caminar con tus débiles piernitas regordetas.

No te sientas triste o impotente por verme como me ves. Dame tu corazón, compréndeme y apóyame como lo hice cuando empezaste a vivir. De la misma manera como te he acompañado en tu sendero, te ruego me acompañes a terminar el mío. Dame amor y paciencia que yo te devolveré gratitud y sonrisas con el inmenso amor que tengo por ti…”

Cuando algún día diga que no quiero vivir, que quiero morir, no te enfades, algún día entenderás… Delante de una mujer, nunca olvides a tu madre.