Es bien sabido que al presidente ruso, Vladímir Putin, no le gusta el fútbol, pero el Mundial es una inmejorable oportunidad para romper el aislamiento internacional al que está sometido su país, al menos durante un mes.


“La FIFA ya ha dicho que el fútbol y el deporte están al margen de la política. Yo creo que esa es la única postura válida”, aseguró el jefe del Kremlin.

Preocupado por un posible boicot occidental a la Copa Mundial, como ocurriera con los Juegos Olímpicos de Moscú 1980, Putin no dudó en forjar una estrecha relación con el expresidente de la FIFA, Sepp Blatter, al que defendió a capa y espada de las acusaciones de corrupción.

Lo mismo ha hecho con el sucesor de Blatter, Gianni Infantino, quien no ha querido ni hablar de un posible boicot, ya no digamos de que Rusia se quedara sin torneo por supuestos chanchullos en las elección del país que debía organizar los Mundiales de 2018 y 2020.

Rusia espera recibir más de un millón de extranjeros, que se encontrarán con un país que ha construido doce estadios especialmente para el torneo, un caso único en la historia de los Mundiales.

Para este país el Mundial es un proyecto desarrollista, cuyo objetivo es sacar a Rusia de su atraso secular en materia de infraestructuras de transporte e iniciar una nueva era de bienestar.

Putin, que acaba de ser reelegido por otros seis años, quiere convertir a Rusia para 2024 en una de las cinco mayores economías del mundo y el Mundial es el primer paso para hacer realidad esos delirios de grandeza.

El Mundial será para Rusia la medida de todas las cosas, ya que de su exitosa organización depende que el mundo, no los políticos, vea que se trata de un país civilizado donde el vodka, el caviar y el comunismo no son más que vestigios del pasado.

Por de pronto, los aficionados se encontrarán con todo tipo de facilidades, desde la posibilidad de entrar en territorio ruso sin visado -ya que el FAN ID cumple esa función-, a una seguridad a prueba de bomba, tanto ante la delincuencia común como ante la latente amenaza terrorista.

EFE