Coralina Gemetro sale de casa con el primer rayo de sol de la mañana, cuando va a buscar a Cristal, a Zoila, a Frida, a Mostaza y al resto de integrantes de la manada con la que recorre las calles de Buenos Aires, una rutina que repiten miles de paseadores caninos que luchan por salir de la informalidad.


Del cinturón de Gemetro cuelgan las 18 llaves de las casas de las mascotas de distintas razas, tamaños y edades que actualmente están a su cargo. La confianza de los propietarios la tiene desde el primer día, ya que, además de llevar 15 años ejerciendo esta profesión, mantiene un contacto directo con ellos.

“Es fundamental la responsabilidad de la comunicación constante con el dueño porque él me está entregando algo que ama mucho, que es parte de su familia y que hay que aprender a cuidar”, cuenta en un una entrevista con Efe, constantemente interrumpida por ladridos, saltos, tirones, lametones y carreras que causan algún que otro accidente entre las risas de los escasos seres humanos de la plaza.

Ella es una de las 6.000 paseadoras y paseadores que trabajan en Buenos Aires, una cifra que se replica en las principales urbes del país, donde se ejerce este oficio desde hace 30 años.

Inicialmente, surgieron por una necesidad de los dueños que no podían compatibilizar el ritmo laboral con el paseo, algo que, según Jose Guerra, adiestrador y paseador, es fundamental para “estabilizar” a la mascota y que sea sociable.

“Si dejamos pasar eso cuando es cachorro, después, de adulto, nos encontramos con un perro asustadizo, que no lo podemos disfrutar, que se quiere pelear o que quiere morder”, apunta, e insiste en la necesidad de que se reconozca la gran responsabilidad que conlleva su trabajo.

“Salimos a la calle con un ser vivo, que, a la vez, es un integrante más de la familia. Lo tenemos que cuidar y conocer las herramientas de trabajo”, relata a Efe.

Por ello, tanto Guerra como Gemetro coinciden en la importancia de formarse y preparar a las nuevas generaciones de paseadores.

Ella lleva dos semanas acompañada de una becaria, Laura, que está aprendiendo de su trabajo: “El perro, hoy por hoy, está totalmente insertado en la sociedad y nosotros somos parte de eso. La sociedad nos pide que nos capacitemos más, que seamos más profesionales”.

Aunque hay quienes recurren a ello de forma temporal, por necesidad o curiosidad, para muchos, como Gemetro, es una vocación.

“No me podría sentar en una oficina” ni “podría atender al público, no me imagino, no porque no tenga la capacidad, sino porque creo que mi lugar está con los perros, me siento más cómoda con ellos”, revela.

A su juicio, se trata de “una salida laboral excelente” porque, al tener un ser vivo de por medio, existe un fuerte vínculo con los clientes.

Aun así, denuncia que la profesión todavía enfrenta una gran informalidad: “No tenemos categoría, no existimos, ni como autónomos ni como nada”.

Por ese motivo, en 2013, un grupo de paseadores de Buenos Aires comenzó a compartir sus problemáticas y a establecer unas reglas básicas, como precios mínimos.

Dos años después, crearon una asociación con la que lograron convenios con bancos y empresas médicas e impulsaron la creación de más espacios para perros en la ciudad, hasta que, a finales de 2017, fundaron el primer Sindicato de Trabajadores Caninos del mundo, que además de a paseadores, engloba a adiestradores, peluqueros y el resto de actividades relacionadas con mascotas.

Según cuenta el secretario general del gremio, Matías Tomsich, ahora impulsan una ley para regularizar todos los oficios caninos, que ejercen casi 60.000 personas en Argentina.

Hoy “te muerde un perro o te pasa algo en la calle y no tenés nadie que te respalde, no hay ninguna ley que te avale”, denuncia antes de hacer hincapié en que esto les impide acceder a cobertura médica, vacaciones pagadas, días por estudio o bajas por maternidad.

“Estamos en la precariedad absoluta”, asevera Tomsich, quien ya se reunió con distintos diputados nacionales para tratar de presentar la norma en el Congreso este año.

Mientras tanto, miles de paseadores, como Guerra y Gemetro, seguirán saliendo cada día a las calles con sus manadas, al menos, hasta que el cuerpo aguante.

“Hasta los 50 años puedo llegar a trabajar de esto”, admite Gemetro al señalar que es algo “muy estresante” y “muy físico” que “daña” todo el cuerpo.

¿Y qué hará cuando lo deje? “Lo único que se me ocurre es un hostel para perros”, confiesa, entre risas. EFE