Considerado el Charles Chaplin mexicano, Cantinflas inventó su propio estilo, el cantinflismo, una teoría vacía, incongruente y disparatada de interpretar el lenguaje, con mezclas de frases coloquiales y términos cultos mal empleados que la Real Academia Española reconoció.


Cantinflas supo divertir al mundo hispanohablante. Su mensaje, con un trasfondo de crítica social, se lo apropiaron las clases populares, que se identificaron con su persona y vieron en sus películas pasajes muy reales de la crudeza del México cotidiano, aunque entre carcajadas, Cantinflas también supo hacer llorar.

Algunas de sus frases más famosas fueron “el mundo debería reírse más pero después de haber comido”, la primera obligación de todo ser humano es ser feliz, la segunda hacer feliz a los demás”, “el humor es cosa sería y la seriedad es una cosa que hay que tomar con humor”, “no sospecho de nadie pero desconfío de todos” o “¡Ahí está el detalle! Que no es ni lo uno ni lo otro, sino todo lo contrario”

Mario Fortino Alfonso Moreno Reyes nació en Ciudad de México tal día como hoy, 12 de agosto, de hace 107 años, en 1911. Fue el sexto de los catorce hijos del matrimonio formado por el cartero Pedro Moreno Esquivel y María de la Soledad Reyes Guízar, que formaban una familia muy humilde y sufridora, ya que de los catorce hijos solo ocho sobrevivieron al parto.

Mario Moreno, Cantinflas falleció a los 81 años de edad en la madrugada del 20 de abril de 1993 en su domicilio de Ciudad de México, rodeado de sus familiares. Un cáncer de pulmón, detectado solo mes y medio antes, le obligaron a pasar sus últimos días en cama. Su muerte fue inesperada a pesar de que se conocía su delicado estado de salud y el país entero salió a la calle para homenajearlo durante tres días a pesar de la lluvia. Sus cenizas reposan en la cripta familiar de la familia Moreno Reyes, en el Panteón Español de la Ciudad de México y recibió homenajes de muchos jefes de Estado y hasta del Congreso de los Estados Unidos, que guardó un minuto de silencio en su memoria.

Fuente: El País