Le Puy en Velay, símbolo de la Francia bucólica, se recupera de los graves altercados que acabaron el pasado sábado con el incendio de la Delegación del Gobierno, que ha llevado a los "chalecos amarillos" a interrogarse sobre la violencia.


Incrustada entre las suaves montañas del Macizo Central francés y rodeada de ríos y parques naturales, Le Puy en Velay tiene la estampa de una ciudad-postal.

Su armoniosa arquitectura, con un impecable casco medieval, amplifica el acogedor ambiente de la ciudad. Sin embargo, su pacífica existencia acaba de verse bruscamente alterada.

Esta localidad de 20.000 habitantes y capital del departamento del Haute-Loire (centro-este) lleva días en estado de shock por el grave incendio en la Prefectura, atacada el sábado durante la protesta de los “chalecos amarillos”.

“La muchedumbre tenía intención de matar. Mostraron una violencia nunca vista en nuestra ciudad”, contó a un grupo de periodistas el prefecto (delegado del Gobierno) del departamento, Yves Rousset. Doce personas fueron arrestadas.

“No digo que todos los ‘chalecos amarillos’ buscasen eso -aclaró con aire consternado-, pero sí que es cierto que en un momento dado la cosa se descontroló”.

La fachada de una de las alas de este simbólico edificio que representa al Gobierno central en la región quedó en gran parte calcinada por el ataque de manifestantes, que lanzaron proyectiles y objetos inflamables. Era día festivo y gracias a ello no se registraron heridos dentro de las instalaciones.

Las imágenes han chocado tanto que el mismo presidente Emmanuel Macron visitó por sorpresa este martes la delegación.

Muchos aquí consideran el incendio de la Prefectura como un ataque a la idiosincrasia francesa.

Aunque no fue en la capital, donde también el sábado se asaltó el Arco del Triunfo, sucedió en una ciudad de la Francia plácida, en la que nunca pasa nada y cuya pacífica población, de fuerte tradición católica, no había dado señales evidentes de rebelión.

“Hay enfado aquí, pero como lo hay en todo el país”, terció Rousset, quien explicó que se ha desplazado a las rotondas en las que los “chalecos amarillos” protestan para saber de primera mano sus demandas.

Chevenau, un albañil jubilado de las afueras de Le Puy, deambula por el estacionamiento situado frente a la calcinada Prefectura. Observa los desperfectos y frunce el ceño. “Yo apoyo el movimiento, aunque no me manifieste, pero esto que ha sucedido es grave”, dice a EFE.

Su mujer trabaja en el edificio atacado y tiene miedo a que la situación degenere aún más. “Ahora es peor que en Mayo del 68, porque entonces había más trabajo”, dice el sexagenario, quien confiesa haber votado a Macron en 2017, aunque hoy se sienta desilusionado por la falta de tacto del dirigente.

En el centro de la ciudad, desde donde se avistan sus dos monumentos emblemáticos -una estatua de la Virgen y la Iglesia Saint-Michel d’Aiguilhe, ambos coronando dos imponentes peñascos de la ciudad-, un grupo de “chalecos amarillos” charlan de lo sucedido el sábado.

Dicen que lamentan lo ocurrido y aseguran que los causantes de los destrozos eran de fuera. Denuncian, eso sí, la violencia policial y alertan al Estado francés de que “quien juega con fuego se quema”.

“Hay un tipo que ha perdido el ojo, han agredido a gente mayor”, explica a EFE un veinteañero de gorra negra que no quiere identificarse, mientras empuña su móvil para mostrar las fotografías de las supuestas agresiones. El próximo sábado se manifestarán de nuevo.

Michel Arnald, un camionero quincuagenario, es el veterano del grupo. Para él -como para la mayoría de los habitantes de Le Puy- solo hay un político que se salva: Laurent Wauquiez, exalcalde de la localidad y hoy líder del principal partido opositor, el centro-derechista Los Republicanos.

Fuente: EFE