Pobladores de Itauguá iniciaron una campaña para que el Legendario Timbó guasú de Patiño-cue sea declarado patrimonio cultural e histórico de Itauguá. "El próximo 4 de abril, Patiño está de aniversario de fundación. Cumple 110 de existencia y creo que es una fecha propicia para declararlo Arbol cultural e histórico", refiere el profesor Arnaldo Meza, impulsor de la iniciativa.


EL LEGENDARIO TIMBÓ GUASÚ

Por: profesor Arnaldo Meza.

Mi historia se inicia a la vera del ancestral camino que une el centenario pueblo de Patiño-Cué con la ciudad del ñanduti, Itauguá.

Allí, como todo buen árbol de timbó, crecieron vigorosas mis raíces, dándome longevidad asombrosa, que me permitieron ser privilegiado testigo de los hechos trascendentales, que con el devenir de los años han ocurrido en esta pacífica jurisdicción y que narraré inextenso en esta singular crónica histórica.

En mi mocedad, recuerdo haber dado una cordial bienvenida a la hermosa irlandesa Elisa Alicia Lynch, quien del brazo del eterno héroe paraguayo, Francisco Solano López, me contempló asombrada, aquel lejano año de 1863.

Mi copa juvenil observó complacido la construcción de la residencia veraniega de la esbelta pelirroja, oriunda del Puerto de Cork. Mis hojas no olvidan la belleza arquitectónica de su vivienda con su famoso corredor jere.

Mis ramas también danzaron al ritmo de las cadenciosas melodías de estilo europeo, que brotaban del piano parisino, ubicado en la planta baja de la fastuosa residencia de estilo gótico.

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Mi cercana ubicación, a escasos metros del vértice sur de la propiedad, me permitió observar, además, la agonía de estas doradas horas cuando el clarín de la guerra reclamó a la dueña su presencia al lado del Mariscal de acero, su compañero, en el año 1867, en Paso Pucú.

Estoico aguardé el retorno de mi famosa vecina, hecho que aconteció el 10 de Marzo de 1869, cuando regresó de las cordilleras, integrando la comitiva del tren de asalto y recreo que destruiría de un zarpazo el reconstruido puente sobre el arroyo Jukyry, en Areguá.

Mientras esto acontecía, Elisa y sus distinguidos invitados visitaron brevemente su añorada residencia de Patiño-Cué, pudiendo contemplar, a través de los ventanales, mis peculiares frutos que cuando maduran, tienen la forma de una oreja humana. Cumplido el íntimo deseo de la anglosajona, todos retornaron al pueblo de Pirayu. Jamás imaginé que sería ese nuestro último encuentro.

Finalizada la azarosa contienda bélica, la cuestionada propietaria se vio compelida a partir a Europa y yo quedé como improvisado centinela de aquel preciado bien. Avergonzado contemplé el saqueo sistemático de la icónica morada. Manos foráneas la redujeron a escombros a principios del siglo XX. De la opulenta “óga pytã ” apenas quedarían los cimientos.

Me susurró el viento que durante años Elisa Alicia trató en vano de recuperar sus posesiones, incluso retornó a Asunción para hacerlo en 1875, pero ni siquiera la dejaron desembarcar. Tras este fallido intento regresó a su amada Paris, donde falleció en 1886. A partir de estos hechos mi vida quedó ligada para siempre con la de la distinguida “Madama”. La tradición oral comenzó a utilizar mi ubicación como referencia para señalar el sitio exacto donde alguna vez fue erigida la mencionada vivienda, bautizando aquel histórico paraje como Lynch-Cué en los documentos de la época.

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Los años fueron transcurriendo lentos e inexorables luego de estos inusuales sucesos. Paulatinamente el bullicio y la algarabía retornaron a la comarca con la llegada de los primeros colonos alemanes que buscaban la paz en estos lares huyendo de la convulsionada Europa. Yo los vi llegar en tren a la remozada estación ferroviaria e incluso más, guardo en mi savia aquel domingo 4 de Abril de 1909, fecha escogida por el doctor Carlos Cálcena para fundar oficialmente el pueblo de Patiño-Cué y proceder a la venta de los lotes para pobres y ricos según los entusiastas oferentes.

Diversas personalidades y por diversos motivos, desde aquel remoto instante, se fueron dando cita a lo largo de los años en el apacible pueblito, portal de Itauguá. El centauro de Ybycui, general Bernardino Caballero, fue uno de ellos. Lo hizo seducido por la inusual belleza de la encantadora Julia Álvarez, cuya vivienda se hallaba ubicada a escasos 5 kilómetros de la estación ferroviaria de Patiño-Cué, sitio al cual llegaba desde Asunción utilizando los servicios del tren estatal.

Yo lo vi pasar, puedo dar fe, sábado tras sábado montado en su brioso corcel rumbo a Itauguá, utilizando el famoso Camino Real para llegar a destino.
Un joven poeta itaugüeño, recuerdo también, contempló mi deforme tronco. Una vez al pasar me susurró al oído que era oriundo de la Compañía Mbocayaty Pytã y que estudiaba teoría y solfeo en la Academia Musical “La Lira“ bajo la dirección del célebre maestro italiano Salvador Déntice.

Me confesó además que hacía a pie el trayecto a su humilde morada, pues ansiaba entablar conversación con una bella tejedora de ñanduti, de nombre Petrona, cuya vivienda se hallaba a orillas del pueblo, cercano a un pozo de cristalinas aguas.

Tiempos después me enteré que cumplió su propósito llevando al altar a la afortunada dama y que años de estudios lo convirtieron en un consagrado músico y poeta guaraní ,creador de inmortales guaranias como Ñasaindype, Nde Ratypykua, Ñande Aramboha, acrecentando el legado musical de su afamado padre “ Loló arpero ”. El nombre de aquel mancebo llevo grabado con letras imperecederas en mi dura corteza, hasta el presente: Félix Cantalicio Fernández Galeano.

Un caluroso verano, a mi sombra generosa, se refugió otro caminante sediento de poesías y aventuras. Enfundado en su ajado uniforme verdeolivo, de sus labios me pareció escuchar estas palabras:
“Patiño calle ha Cañadita, hetámi ára aiko aipykúi”
“Kunataĩ che vy᾽a irungue, peteĩ teĩ, ahecháma okúi”.

Según me comentó se hallaba de paso, camino al pintoresco Tapytãngua , para disfrutar de las mansas corrientes de la quebrada de agua denominada Yracura᾽a, en el majestuoso arroyo Lima. Allí sienta sus reales cobijado por la exuberante vegetación, su amiga, la famosa guitarrista zurda Natividad Villamayor, la afortunada destinataria de estos improvisados versos.
“Hetaite ára Tapytãnguáre , che ko᾽ẽmbami farra reka
Ahenduségui Tividad ípe, omoñe᾽ẽrõ mbaraka sã”.

Dicho esto, la pequeña figura del poeta de los valles y la selvas guaraníes, Emiliano. R. Fernández, se perdió en la brumosa lontananza.

Mi apacible existencia, a lo largo de las décadas siguientes, fue interrumpida abruptamente un aciago día del año 1932.La Guerra del Chaco había estallado. La Nación reclamaba el sacrificio de sus hijos para salvarla de la mutilación y la deshonra. La diplomacia cedía su protagonismo a las armas. Cientos de vigorosos jóvenes itaugüeños abandonaban sus capueras y acudían al llamado de la madre patria. Yo los vi llegar impertérritos y los cobijé bajo mi hospitalaria sombra. Allí pude escuchar que un ambicioso país codiciaba nuestras ancestrales posesiones, igual que en el 70, rememore inmediatamente.
Tras épicas batallas y enconadas campañas nuestro Ejército Nacional pudo vencer a un enemigo tenaz y a una naturaleza hostil.

Concluida la conflagración que nos enfrentó con Bolivia, en torno a la riqueza petrolera, la paz reinó nuevamente en nuestro apacible terruño. Esto permitió la sostenida bonanza del campesinado en general.

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Soy testigo calificado de este hecho, pues cientos de veces observé las largas caravanas de carretas discurrir hacia el pueblo por la carretera  paralela a las vías del tren, con los frutos del país en sus entrañas. Estas continúas aglomeraciones dieron rienda suelta a la fértil imaginación de fantasiosos carreteros, quienes dieron vida al rumor que empezó a correr de boca en boca acerca de la existencia de fabulosos tesoros ocultos a mi derredor. Este rumor desencadenó otro rumor asociado a los míticos enterramientos durante la Guerra Grande. La existencia de fantasmas pavorosos denominados “pora” en nuestra vernácula lengua y en definitiva, arcanos guardianes de estas imaginarias riquezas, en mis cercanías.

Esta abrumadora percepción comunitaria me otorgó el respeto y la valoración de algunos y la fascinación y el miedo de otros. Mí fama se acrecentó sostenida por cientos de relatos metafísicos. Palas y picos hirieron mi existencia, dañando mi cambium y albura.

Debo confesar también que escuche en más de una oportunidad musitar a desprevenidos transeúntes la oración universal dada a los hombres, ante mi intimidante figura, en noches tormentosas de rayos y relámpagos, y que manos callosas se persignaron ante mi colosal estampa, cientos de veces igualmente.

Pero todas estas cosas cambiarían con la llegada del progreso vencedor, dando fin a mi imaginario reinado de terror. La energía eléctrica iluminaría las antiguas sendas una a una, despojando de misticismo a cada rincón de nuestro solar nativo. A escasos metros de mi centenario tronco, un resplandeciente alumbrado público así lo sindica. Su amarillento ropaje y su mortecina luz me acompañan desde la década de los 80. A pesar de ello muchas personas hasta hoy demuestran reverencia prudencial al tomar la curva para llegar a Patiño-Cué y divisar mi centenaria imagen.

Otro suceso digno de destacar ocurrió a fines de la década de los 90. A centímetros de mis extendidas raíces, una tosca canaleta fue abriendo la tierra perpendicular al antiguo Camino Real, hoy denominada Avenida Juan Crisóstomo Centurión. Era la avanzada del sistema de cañerías que buscaba dotar del vital líquido a toda la población patiñense. Se originaba en la cercana localidad de San Miguel y cuesta abajo se dirigía raudo al centro urbano local, que en escasos meses pudo contar con el servicio de agua potable, para algarabía de los satisfechos pobladores.

Tras ello, otro importante suceso me cupo observar, el antiguo empedrado de la Avenida Centurión dio una calurosa bienvenida a la esperada dama de negro, el asfalto, fundiéndose ambos en un perpetuo abrazo en el año 2013. La antigua senda carretera es hoy una concurrida arteria, que agiliza enormemente el tránsito vehicular hacia y desde la ciudad de Itauguá.

Quise contarles estos relatos porque me siento parte y parte importante del rico acervo cultural de nuestro pueblo. Los árboles además de combatir el cambio climático, el exceso de dióxido de carbono, la acumulación de gases nocivos, limpiamos el aire, proporcionamos oxigeno, refrescamos las calles y las ciudades, ahorramos agua, ayudamos a prevenir la erosión del terreno, protegemos a los niños de los rayos ultravioletas, también transmitimos historia a través de los recuerdos. Pero todos estos beneficios pueden acabarse si no me proteges. Tengo más de 100 años de vida y necesito de mi espacio vital para vivir, para que otras generaciones puedan disfrutarme. Jamás lo olvides, la vida tal y como la conoces hoy comenzó de una simple planta.

Estas conmovedoras palabras me fueron obsequiadas para su difusión por el coloso Timbó Guasú, centinela verde de mi comunidad, que hoy se yergue altivo en el bello portal del histórico pueblo de Patiño-Cué, che valle.

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