Además de Ali Jamenei, otros blancos de las sanciones son varios altos mandos de la Fuerza Aérea iraní y de regiones que rodean el estrecho de Ormuz


El presidente estadounidense Theodore Roosevelt recomendaba, en política exterior «hablar suave y llevar un garrote grande». Donald Trump parece seguir el principio opuesto. Después de anunciar hoy «sanciones que golpean duro» a la economía iraní, su Gobierno ha acabado imponiendo medidas sólo contra unos pocos altos dirigentes del régimen de Teherán, entre ellos en el hombre que lo dirige desde hace tres décadas, el ayatolá Ali Jamenei.

Para muchos expertos, esas sanciones tienen un valor simbólico. La razón es que no afectan a instituciones, sino a personas, y éstas no realizan transacciones financieras en el extranjero bajo su nombre y apellidos, sino a través de instituciones interpuestas. Para el experto en sanciones internacionales y ex alto cargo de la CIA Brian O’Toole, del think tank de Washington Atlantic Council, el principal efecto va a ser «irritar a los iraníes y hacer más difícil que se produzcan negociaciones» entre Washington y Teherán.
Es un punto de vista que el secretario del Tesoro, Steven Mnuchin, ha rechazado de plano, aunque no es menos cierto que tampoco ha dado detalles de las nuevas sanciones. Entretanto, el Gobierno de Donald Trump ha amenazado con imponer sanciones al ministro de Asuntos Exteriores de Irán, Javad Zarif, en lo que sí podría ser un salto cualitativo en la crisis, ya que afectaría al principal interlocutor que tiene Irán con la Comunidad Internacional.

El bloqueo económico de Estados Unidos contra Irán va a ser uno de los temas clave de la reunión de los jefes de Estado y de Gobierno del G-20, que se celebra el sábado y el domingo en la ciudad de Osaka, en Japón. El principal socio comercial de Teherán es China, que supone, incluso tras las sanciones de estadounidenses, el 30% del comercio exterior iraní. A cambio, la República Islámica no representa ni el 1% del comercio chino. El hecho de que EEUU y China estén atrapados en una guerra comercial introduce un factor especialmente complejo en toda la crisis.

El Gobierno de Donald Trump también tiene puesta su mira en el Instituto de Comercio y Finanzas Especiales, que es en realidad una prolongación del banco central de Irán -que ya está sometido a sanciones por Estados Unidos- y ha sido creado para llevar a cabo operaciones de trueque con materiales que no están prohibidos por las sanciones -por ejemplo, medicinas- con Instex, un mecanismo similar creado por la Unión Europea para eludir, al menos en esos capítulos, el bloqueo comercial de Washington.

El hecho de que Washington no quiera que Irán importe ni siquiera medicamentos indica la dureza de su posición. Y, también, el problema de imponer más medidas contra Irán, por la sencilla razón de que, desde que rompió el acuerdo nuclear de 2015, el Gobierno de Trump ha sancionado prácticamente todo lo sancionable. El resultado es una inflación del 37% en Irán y una creciente escasez de todo tipo de productos. Pero, también, como ha explicado el experto en relaciones entre Irán y Estados Unidos Shahir Shahidsaless, un reforzamiento de la posición del sector más ‘duro’, antioccidental y antidemocrático de la República Islámica, encabezado por el propio Jamenei.

A eso se suma la contradictoria posición estadounidense. En los últimos meses, el Gobierno de Trump ha pedido a los iraníes se rebelen y derroquen el régimen islámico, y, al mismo tiempo, ha ofrecido a Teherán negociaciones. Claro que se trata de unas negociaciones en las que Washington reclama esencialmente el desarme unilateral del régimen islámico iraní, algo totalmente inaceptable para Teherán, aunque sólo sea por una razón que nada tiene que ver con Estados Unidos o con Israel: entre 2008 y 2015, los seis países árabes del Consejo de Cooperación del Golfo gastaron 181 veces más en defensa que Irán según el think tank de Washington Centro para los Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS, según sus siglas en inglés).
Fuente: El Mundo
Compartí: