El director británico convirtió en arte mayor la timidez, el silencio, la humillación y los temores de su infancia. Sus obras imperdibles y su conflictiva relación con sus actrices fetiche


El 28 de diciembre de 1895, Día de los Santos Inocentes, en el Salon Indien del Grand Café, Boulevard des Capucines 14, París, los hermanos Auguste y Louis Lumière presentan en público –un franco la entrada– un juguete nada inocente: el cinematógrafo.

Menos de cuatro años después, el 13 de agosto de 1899, en un primer piso del 517 High Road, Leytonstone, noroeste de Londres, nace Alfred Joseph Hitchcock, como llamado por aquella primera pantalla para ser uno de sus hijos más fieles, y acaso el más original.

Sus padres, William y Emma Jane Whelan, de ascendencia irlandesa, lo criaron y educaron bajo la religión católica.

Fue un niño tímido, callado, bueno, “oveja sin mancha” según su padre, pero marcado por el miedo: el sentimiento que definiría todo su cine, que caería sobre la platea como una soga asfixiante.

Louis Ferdinand Cèline, el autor de la gran novela Viaje al Fin de la Noche, dividió a los humanos en dos categorías: exhibicionistas y mirones. Y Alfred fue un icono de los últimos.
A sus cuatro o cinco años, el padre lo mandó a una estación de policía con una carta para el jefe. Éste la leyó…, y encerró al pequeño en una celda:
–Esto es lo que se hace con los niños malos.

Alfred juró que nunca superó esos instantes “de miedo y humillación“, y su odio a los policías.

En cuanto a su timidez, le confesó a François Truffaut en la memorable entrevista de 1955 transcripta en el libro El Cine según Hitchcock (Editorial Alianza, primera edición en castellano, 1974), que “hasta mis veintitrés años no salí con una chica ni tomé una copa“.

Telefonista a la fuerza después de la muerte de su padre en 1914, al empezar los años 20 tuvo su primer y modestísimo contacto con el cine: diseñador de rótulos para la Famous Players Lasky, socia de Paramount Pictures.

Dos años después rodó su primer film –el último, luego de sesenta, fue en 1976: Trama Macabra–, sin fortuna: la Paramount cerró sus estudios en Inglaterra, y quedó trunco…

En la entrevista con Truffaut reveló algunos de sus secretos: “La única verdad del cine es una platea llena… Mis argumentos deben ser simples: lo lamento por aquellos que me piden más profundidad y mensaje… Los diálogos, en general, son inútiles: una buena película es aquella que puede verse en el televisor de casa, con el sonido apagado (Nota: su homenaje al cine mudo)… A veces, el sonido es tan importante como la imagen… El peligro debe suceder en lugares insospechados, abiertos, bien iluminados, y no en los clishés: callejones en sombras donde acechan los villanos… Y de villanos hablando, no deben parecerlo: los prefiero comunes, y en lo posible, distinguidos… El suspenso, aun el más terrorífico, deben tener algún toque de humor… El color también es un lenguaje… Para un director no hay mejor arma que el montaje… No dije que los actores son ganado, sino que hay que tratarlos como ganado… Cuando un actor me pregunta cuál debe ser la motivación de su personaje, respondo: ¡Tu sueldo!..Mis mujeres en el cine deben responder a un patrón: rubias, cuerpo refinado y elegante, y altas dosis de sexualidad –no de sexo–, con aspecto de maniquí, de finas damas que se convierten en putas cuando llegan al dormitorio“.

Sus actrices-fetiche fueron Grace Kelly, Ingrid Bergman, Vera Miles, Janet Leigh, Tippi Hedren, Kim Novak. Sus actores: Cary Grant, James Stewart, Ray Milland, Charles Laughton (“Nunca dirijas películas con niños, con perros, ni con Laugthton: nadie recordará tu nombre”). Y tal vez el mismo Hitchcok, padre del cameo: su fugaz aparición en unos pocos segundos de película…

Filmografía imprescindible (obligada, en realidad): RebecaCorresponsal Extranjero, Cuéntame tu Vida –su incursión en el psicoanálisis: novedad en el cine– Festín Diabólico, Pacto Siniestro, Mi Secreto me CondenaLa Llamada FatalLa Ventana Indiscreta (¡!), con uno de los planos-secuencia más largos del cine, Para Atrapar al LadrónVértigoLos PájarosMarnieLa Cortina RasgadaIntriga Internacional

Pero es clave detenerse en Psicosis, de 1960, blanco y negro: es un manual Hitchcok de principio a The EndDato revolucionario: la protagonista (Janet Leigh)… ¡muere casi al principio del film! El hotelero del motel en que se aloja (Anthony Perkins), de aspecto manso, amable, insospechado, emana la certeza de que algo horrendo ocurrirá, reforzado por el contraste entre la lúgubre casona de fondo y el impersonal cuarto, escenario fatal. Perkins le lleva un sandwich y un vaso de leche…, que relumbra: otro preanuncio que Hichtcok resolvió iluminado el vaso con una lámpara eléctrica en su interior. Y por fin, ya con ella en la ducha, una de las escenas más célebres y aterradoras de la historia del cine. La sombra del asesino y su cuchillo a través de la cortina de baño…, la mano que descarga una puñalada tras otra…, el sonido de los sostenes de la cortina de baño al romperse, con ella aferrada desesperadamente…, la sangre que se escurre por el sumidero de la bañera… La escena dura tres minutos y tiene cincuenta planos. Pero todo es ilusorio. Pura sugestión. Lo que el público –estremecido– quiere ver, y no lo que filmó el director. Se parece a los trucos de los magos (la mujer serruchada, por ejemplo). Todo pasa, nada pasa, y Psicosis es la obra maestra de un ilusionista.

Queda claro el consejo para lectores: si no la vieron, ¡búsquenla
ya!

A mediados de 2009 apareció el ensayo Las Damas de Hitchcock, del norteamericano Donald Spoto. Según él, “sentía por las mujeres una extraña mezcla de adoración y desprecio. Si hoy viviera, sería denunciado por acoso sexual. Se casó, para cuidar las apariencias, con la muy inteligente guionista Alma Reville: su consejera, cocinera, ama de llaves. Pero entre ellos no hubo pasión. Pasó un año sin que el matrimonio fuera consumado, hasta que en 1928 le nació una hija: Patricia, heredera de su fortuna. Cruel, mientras filmaba Rebeca, obligó a Joan Fontaine a repetir tres veces una escena, la abofeteó hasta hacerla llorar, y dijo “¡Corten! Toma perfecta”. En cambió mimó a Ingrid Bergman –las nórdicas lo enloquecían–, y su rubia soñada fue la gélida Grace Kelly, que llegó a decir “estaba obsesionado conmigo, al punto en que me sentí muy incómoda”. Y algo parecido sucedió con Tippi Hedren en el rodaje de Los Pájaros“.

Pero estos son sólo chismes. Material descartable.

En todo caso es más valioso y perenne el juicio de Truffaut: “Es comparable a Kafka, a Dostoyevski, a Poe“.

Hitchcock murió en Los Ángeles el 29 de abril de 1980. Tenía 80 años. Nunca recibió un Oscar. Sólo el honorífico Irving Thalberg en 1968, de las manos de su notorio colega Robert Wise. Una vergüenza. Una bolilla negra para la Academia de Hollywood.

Fuente: Infobae

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