Si bien el impacto del fuego es menor que en otros años, esta vez las llamas afectaron a zonas residenciales como Palo Alto o Sausalito.


Las llamas se extendieron a lo largo y ancho de diferentes ciudades de California mientras los bomberos intentan apagarlas. (Foto: AFP/Mark Bralston)

Hay más de 5000 efectivos de emergencia movilizados, un incendio de 30.000 hectáreas en una zona boscosa al norte de San Francisco y otro de apenas 300 hectáreas, y en medio de los barrios más ricos de Los Ángeles. Se están quemando casas. El bombardeo de imágenes dramáticas es constante: fuego en las autopistas y en los viñedos, granjas y mansiones ardiendo fotografiadas a pocos metros. En el peor momento de la semana pasada, hasta 230.000 personas llegaron a estar fuera de sus casas por órdenes de evacuación. Lo peor, anuncian las autoridades, puede estar por llegar. Estas son algunas de las claves de una temporada de incendios en California que ha entrado con especial virulencia en las televisiones de todo el mundo.

El gobernador de California, Gavin Newsom, pidió el lunes un poco de “perspectiva” tratando al mismo tiempo de no quitarle gravedad al asunto. El caso es que, por ahora, el balance de la temporada de incendios en California es sorprendentemente positivo. En total, en lo que va de año se quemaron 97.000 hectáreas en 5657 “incidentes” (fuegos de más de cuatro hectáreas), hubo un muerto (de un ataque al corazón durante un desalojo) y hay 437 estructuras dañadas o destruidas. El año pasado se quemaron 655.000 hectáreas en solo 310 incendios, murieron 93 personas y quedaron dañadas o destruidas 23.145 estructuras. El año 2018 fue el peor en incendios de la historia de California. Antes de ese, el peor había sido 2017.

“Reconozco que es un momento que provoca mucha ansiedad por las imágenes espectaculares que está viendo la gente. Estamos teniendo una temporada por debajo de lo normal, aunque no lo parece. Nada es perfecto, pero creo que el esfuerzo que se ha hecho para prevenir este momento está dando resultados reales”, dijo Newsom el lunes.

El panorama, sin embargo, “está siendo exacerbado por los apagones”, añadió. Es un factor de ansiedad clave en esta historia. Las autoridades de California no ahorran en calificativos contra la compañía eléctrica Pacific Gas and Electric, la empresa de servicios públicos más grande de Estados Unidos que provee gas y electricidad a unos 16 millones de personas en el centro y norte de California. Desde hace dos semanas, hasta dos millones de personas llegaron a estar sin luz por apagones masivos e intencionados de la compañía.

“Cualquier incidente puede convertirse en un incendio catastrófico”, dijo el lunes Andy Vesey, presidente de PG&E, para justificar los apagones masivos y los que vendrán. “Seguimos pensando que es lo correcto”. El martes por la noche, PG&E planeaba cortar la luz a más de 600.000 clientes en el norte de California ante la previsión de fuertes vientos.

Los dos mayores incendios de los últimos años, el de octubre de 2017 en Santa Rosa, donde hubo 23 muertos, y el de noviembre 2018 en Paradise, en el que murieron 85 personas, tuvieron origen en fallos de la infraestructura eléctrica. Chispazos en el peor momento y el peor lugar. La mala suerte jugó un importante papel ambos veces, pero la realidad es que el origen del fuego era evitable. Pacific Gas and Electric se declaró en quiebra en enero para defenderse de posibles demandas que podrían llegar a los 30.000 millones de dólares en indemnizaciones para los afectados.

Los planes para que no se repita algo parecido están publicados desde abril. Los apagones selectivos en la red eléctrica no son raros cuando hay condiciones atmosféricas peligrosas y concentradas, pero lo que no tiene precedentes es el alcance y la duración de estos apagones en una economía supuestamente sofisticada. Los apagones afectaron a sitios como Palo Alto o Sausalito, algunos de los distritos más ricos de Estados Unidos.

Los políticos acusan a PG&E de haber puesto durante años sus beneficios por delante del interés de los ciudadanos y haber descuidado el estado de la red durante décadas. Es verdad. Pero no tiene solución a corto plazo. PG&E comunicó al regulador que tardaría 10 años en arreglar la situación.

El 8 de noviembre de 2018, cerca de las 6.30, la estación de bomberos de Chico, al norte de Sacramento, recibió un aviso de que había un pequeño fuego en una quebrada de difícil acceso en una zona boscosa a pocos kilómetros. Había mucho viento. En apenas una hora, el fuego recorrió 14 kilómetros y entró en la ciudad de Paradise, con 26.000 habitantes, en su mayoría personas jubiladas que viven el estereotipo de vida californiana en medio del bosque. Antes de las 10, el fuego había arrasado casi toda la ciudad. Murieron 85 personas, la mayoría atrapadas en sus casas mientras dormían.

El origen de ese incendio estuvo en un transformador de PG&E, sumado a unas condiciones atmosféricas extremas de sequedad y viento. También ayudó a un estilo de vida campestre pero con servicios de la ciudad. El de Paradise fue el incendio más mortífero de la historia de California. El anterior había sido en los años 30 en un parque de Los Ángeles.

Las condiciones para que pasara lo de Paradise no son nuevas. Siguen presentes. Pero las autoridades de California están obsesionadas con que ninguno de los muchos incendios que habrá este año y los años venideros vuelvan a provocar un horror así. Por eso están aceptando como necesarios los apagones masivos, que duran días porque hay que revisar las líneas y los transformadores a pie, metro por metro, antes de volver a dar la luz. Y por eso, también el permanente estado de alerta y el uso masivo de recursos estatales y federales para contener cualquier inicio de fuego inmediatamente. El gobernador declaró el estado de emergencia la semana pasada. La temporada de incendios en teoría entra en su peor momento en la primera quincena de noviembre.

Los cinco años más calurosos de la historia de California desde que hay registros son 2017, 2018, 2015, 2014 y 2006. De fondo de todo este panorama, está el cambio climático, reconocido por las autoridades de California como un actor principal en el agravamiento de los incendios, que siempre fueron una preocupación de Estado. California vivió cinco años de sequía extrema. Después, en 2017, uno de los inviernos más húmedos. La sequía dejó 100 millones de árboles muertos en los bosques, según un estudio de la Universidad de California en Berkeley. A eso se sumó toda la vegetación que dejó el invierno de 2017, que se secó durante el verano con temperaturas extremas. Antes de que terminara ese verano, California era un terreno lleno de madera seca lista para arder. Los descuidos, la infraestructura eléctrica y el viento hicieron el resto.

Los avisos de las autoridades sobre los incendios ya no se diferencian mucho de los ensayos para ponerse a salvo en un terremoto. El alcalde de Los Ángeles, Eric Garcetti, pidió este martes por la mañana a todos los residentes que tengan un plan por si ocurre lo peor. Una bolsa de emergencias con documentos, comida y agua y un plan para evacuar. No es el único, este tipo de mensajes son habituales desde hace días.

Fuente: TN.ar

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