La ciudad china de Hong Kong gestionó la primera ola de contagios por coronavirus sin recurrir a un confinamiento total, al optar por un aumento del número de test, del rastreo de contactos y cambios en el comportamiento de la población.


Un estudio que publica este viernes la revista The Lancet sostiene que esas medidas crean menos trastornos en la sociedad y la economía que un cerrojazo estricto, pero resultan eficaces para controlar la propagación de la COVID-19.

La investigación, liderada por la Universidad de Hong Kong, indica que, a fecha del pasado 31 de marzo, parecía que las autoridades de la ciudad habían evitado un gran brote de coronavirus tras adoptar decisiones «mucho menos drásticas» que la mayoría de países.

Por ejemplo, además de las medidas citadas, también aplicaron restricciones fronterizas, cuarentenas y aislamiento de casos y contactos, al tiempo que introdujeron «cierto grado» de distanciamiento social.

Las autoridades, dice el texto, efectuaron una intensa vigilancia de infecciones, no solo sobre los viajeros que entraban, sino también en la comunidad local, donde llegaron a realizar a principios de marzo pruebas diarias a alrededor de 400 pacientes externos y a 600 hospitalizados.

Así, todos aquellos que llegaban a Hong Kong procedentes de otras partes de China y de países con infectados debían observar una cuarentena de 14 días en sus casas o instalaciones designadas.

El Gobierno de la antigua colonia británica también incentivó la adopción de medidas de distanciamiento social a través de programas de flexibilización del trabajo y del cierre de escuelas, al tiempo que canceló eventos multitudinarios.

El estudio estima que, a partir de la introducción de medidas a finales de enero, el número de reproducción efectiva (a cuántas personas es probable que infecte un individuo con el virus) se ha mantenido aproximadamente en 1 en las ocho semanas siguientes, lo que sugiere que la epidemia se mantiene estable.

Hong Kong tenía hasta el 31 de marzo 715 casos de COVID-19 confirmados, entre los que se incluían 94 infecciones asintomáticas y cuatro fallecidos, en una población de 7,5 millones.

Los autores de este trabajo aseguran que las medidas adoptadas para frenar la transmisión local del virus son probablemente factibles en muchos lugares del mundo y se podrían aplicar en otros países con los recursos necesarios.

No obstante, advierten de que no es posible evaluar el efecto individual de cada medida, ya que fueron implementadas de manera simultánea.

«Al aplicar rápidamente medidas de salud pública, Hong Kong ha demostrado que la transmisión de la COVID-19 puede contenerse de manera efectiva sin recurrir al cerrojazo altamente disruptivo adoptado por China, Estados Unidos y los países de Europa occidental», expone en un comunicado el director de este trabajo, Benjamin Cowling.

En su opinión, «otros Gobiernos» pueden aprender «del éxito de Hong Kong».

«Si se pueden mantener estas medidas y la respuesta de la población, al tiempo que se evita la fatiga entre la ciudadanía en general, se puede disminuir sustancialmente el impacto local de la epidemia de COVID-19», observa el experto.

En este sentido, los autores también destacan que la COVID-19 ha transformado los hábitos y comportamientos de cada individuo, según se desprende de varias encuestas telefónicas efectuadas en los últimos tres meses entre en torno a un millar de personas.

La más reciente, del pasado marzo, revela que el 85 % evita ahora lugares llenos de gente y que el 99 % se pone una mascarilla cuando sale de casa, frente al 75 y el 61 %, respectivamente, que adoptaba esas medidas en enero. EFE

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