Solidaridad, recursividad y chatarra son la materia prima de Lucas de Lima, un brasileño que gracias a una impresora 3D elabora máscaras para ayudar a quienes luchan contra el COVID-19 en la favela donde vive.


Con impresoras construidas de forma artesanal mediante chatarra electrónica, este ingeniero mecánico crea protectores faciales tipo «face shield» que distribuye a profesionales de la salud y voluntarios en el Complexo do Alemao, un deprimido conjunto de favelas, donde la violencia es el pan de cada día.

Nació y creció en el morro do Adeus, una de las tantas barriadas que componen este complejo de favelas, ubicado en el norte de Río de Janeiro, y donde habitan más de 65.000 personas, según el último censo.

Este joven de 25 años produce con sus impresoras 3D entre 15 y 20 protectores faciales diarios en el cuarto de su casa, donde vive con su madre y con su abuela, una mujer ya mayor y por quien tiene que redoblar los cuidados para evitar que sea contagiada por el nuevo coronavirus, que ya deja oficialmente 1.019 muertos en Río, de un total de 7.025 en todo el país.

De no hacerlo, posiblemente no tendrían cómo atenderla en el único centro de salud público (UPA) del sector donde vive, destinado para cubrir a unas 20.000 personas.

LA CRISIS SE SUFRE MÁS EN LAS FAVELAS

La salud de Río vive una profunda crisis desde tiempo atrás por las corruptelas de alcaldes, gobernadores y políticos que aprovecharon sus cargos para desfalcar las arcas y llenar sus bolsillos.

Con la pandemia, las carencias se han evidenciado con más fuerza, sobre todo en las favelas, y aunque las autoridades se dicen preocupadas por la expansión del virus, la atención a esas comunidades es prácticamente nula.

«El Gobierno no está abasteciendo a las UPAS, no está abasteciendo a las clínicas de la familia y esos profesionales de la salud están a merced del virus trabajando con lo que tienen», denuncia De Lima a Efe.

A diario es testigo de voluntarios que esquivan balas y trabajan más de 20 horas para llevar comida y elementos de aseo a las favelas más distantes del complejo, o de profesionales de la salud que improvisan una camilla para acomodar a un paciente enfermo.

«Cuando hablamos de favelas en Río de Janeiro, también hablamos de mucha omisión del poder público, entonces prácticamente estamos a nuestra merced, a la propia suerte, pero tenemos líderes en la comunidad que hacen un trabajo para el que no tengo palabras», dijo.

UN PROYECTO EN PAUSA

De Lima lleva esa labor comunitaria en la sangre. Él sabe que solo así se puede lograr algo en las favelas y por eso quiso aportar su grano de arena en esa tarea.

Aún en la universidad, su ímpetu inquieto lo llevó a crear una impresora 3D artesanal. Como no tenía los cerca de 17.000 reales (unos 3.207 dólares) que costaba una de «marca», se las ingenió para construir una utilizando chatarra electrónica cuyo valor (unos 700 reales, aproximadamente 132 dólares) resultó 24 veces menor.

«La mayoría de los motores los busco en la chatarrería en máquinas de fax descartadas y también visito una cooperativa de recicladores en Jacaré (favela)», explicó el joven ingeniero, quien aseguró que las partes electrónicas son las únicas piezas nuevas que utiliza para las impresoras.

Al graduarse comenzó a darle vida a su proyecto «Infill», una fábrica de impresoras 3D de bajo costo mediante el cual también desarrollaría «Maker Space», una especie de laboratorio para que jóvenes de la favela aprendieran sobre tecnología y posteriormente entraran a hacer parte de la elaboración.

Con la llegada de la pandemia a Brasil el proyecto tuvo que parar, pero De Lima investigó cómo podía ayudar y se unió a la iniciativa SOS3DCovid-19, que apoya a profesionales de salud con la elaboración de protectores faciales.

La fábrica, que para De Lima es como un «pequeño Valle de Silicio» (Silicon Valley) o un «Wakanda» en miniatura (el mundo futurista creado por Marvel en la película «Black Panther»), iba a abrir sus puertas en abril, pero aunque cambió momentáneamente de objetivo espera ansioso por su apertura.

«No murió, solo estamos en pausa e intentando hacer un trabajo para ayudar a los profesionales de la salud y a los movimientos voluntarios que llevan alimentos en la cima del cerro», explicó De Lima. EFE

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