Bajo una atmósfera incómoda, Alemania guió este sábado la vuelta del fútbol. Resultó extraño a los oídos de los aficionados el silencio en un estadio como el Signal Iduna Park de Dortmund, uno de los más bulliciosos de Europa. Se quedó mudo en cada gol de Haaland, de Hazard y de Guerreiro, igualmente huidizos de sus compañeros durante la tibia celebración.


Como en el campo del Borussia Dortmund, apenas subieron los decibelios en los bares de alrededor. No se cantó casi la victoria de los anfitriones ante el Schalke 04, en el gran derbi del Ruhr.

A la hora del partido, en un local próximo al recinto se contaban apenas once personas, repartidas en cuatro mesas notablemente distanciadas entre sí.

En la barra no descansaban litros de cerveza, sino una botella de gel desinfectante, un bien preciado frente al coronavirus en cualquier rincón del mundo.

El precinto de la barra sólo habilitaba un pequeño espacio para que la clientela pudiera bañar sus manos en jabón. Es uno de los nuevos hábitos que ha instaurado la pandemia. Por ella, las mascarillas adornan los banquillos. El silencio enrarece el juego. No hay abrazos en los goles, si acaso algún choque de codos o nudillos.

«Así es la situación», asumió Julian Brandt tras rendir pleitesía a la desierta curva sur.

El corazón de afición del Borussia Dortmund no latirá durante semanas en la pared amarilla. Tampoco los bares acogerán el ruido ensordecedor. Los gritos permanecerán enjaulados en los salones mientras persista la amenaza del virus. Así es el nuevo fútbol en Alemania y lo será en Inglaterra, Italia, Portugal o España, donde pronto rodará el balón. EFE

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