El agravamiento de la epidemia de coronavirus amenaza con aumentar el número de países que aplican restricciones a la entrada de viajeros de Francia, como el Reino Unido, que impone desde este sábado una cuarentena de 14 días.


La decisión británica, anunciada con apenas poco más de 24 horas de antelación, generó una oleada de retornos de miles de turistas británicos que se abalanzaron para comprar los últimos billetes disponibles el viernes para los trenes Eurostar, los convoyes ferroviarios por el eurotúnel, los ferris de Calais y los aviones.

También provocó una reacción de descontento del Gobierno francés, que en una declaración del Ministerio de Asuntos Exteriores dijo lamentar la aplicación de esa cuarentena a los viajeros procedentes de Francia y reiteró que, por su parte, «rápidamente» impondrá «medidas de reciprocidad».

Una reciprocidad que se concretará en una forma que el mismo Ministerio de Exteriores reconoció que todavía se está estudiando y que hay que entender, sobre todo, como un mecanismo disuasorio para intentar evitar que otros países sigan los pasos del Ejecutivo de Boris Johnson en los que algunos han querido ver razones de política interna en un contexto post-brexit.

Lo cierto es que a corto plazo esto va a perjudicar en primer lugar al sector turístico francés, que se va a ver privado el resto del verano de buena parte de los visitantes británicos, sabiendo que justo cuando se anunció la cuarentena había unos 160.000 en Francia.

Antes de la crisis de la COVID-19, eran la segunda clientela extranjera que más gastaba en Francia (unos 6.000 millones de euros anuales) después de los belgas, con casi 12 millones de visitantes en 2019.

De ahí el enfado de Didier Arino, el director general del gabinete de consultoría sectorial Promotourisme, que descalificó «una medida estúpida y eficaz» que además también supondrá un hundimiento de los viajes de turistas franceses al Reino Unido.

Ahora, el riesgo podría venir de Bélgica, que ya recomienda a las personas que llegan de una veintena del centenar de los departamentos franceses (incluidos los de la región de París) que guarden una cuarentena y se hagan el test del coronavirus.

LAS CIFRAS EMPEORARON

Sobre todo porque las cifras epidémicas en Francia han ido empeorando desde hace varias semanas, y en particular en los últimos días, cuando se ha vuelto a niveles de contagios que no se registraban desde el mes de mayo.

Este viernes hubo 2.846 positivos, por encima de los 2.669 del jueves, de los 2.524 del miércoles y de los 1.397 del martes, con lo que en una semana suman 12.947, en claro incremento.

Otro dato que ilustra esa tendencia inquietante es la tasa de positivos, que ha ido subiendo para situarse en el 2,4 % del total de test realizados.

La propagación no es homogénea por todo el territorio, sino que afecta de forma particular a las grandes ciudades.

Por eso, el Gobierno declaró el viernes las dos mayores del país, París y Marsella, zonas de circulación activa del virus, lo que da a los prefectos competencias para imponer nuevas medidas restrictivas.

El prefecto de la capital apenas tardó unas horas para ampliar muy significativamente desde este sábado las áreas en las que es obligatorio llevar mascarilla en el exterior, que ahora cubren de forma integral los barrios con más tránsito de personas.

LA MASCARILLA PODRÍA SER OBLIGATORIA

Además, advirtió de que «si la situación epidemiológica empeora más, llevar mascarilla podría ser obligatorio en el conjunto de la capital».

Y amenazó con prohibir las reuniones o manifestaciones de más de diez personas cuando los organizadores no sean capaces de hacer que se cumplan las reglas de seguridad, en particular un metro de distancia, en un mensaje dirigido en especial a bares y restaurantes que si incumplen «podrán ser objeto de cierre administrativo».

El Alto Consejo de Salud Pública, un organismo oficial consultivo, en un informe publicado este fin de semana se pronuncia en favor de la población tenga que llevar de forma sistemática una mascarilla de tela en todos los espacios cerrados públicos y privados colectivos, así como en espacios abiertos con fuerte densidad.

Esto pesará en el debate sobre la necesidad de generalizar la obligatoriedad de la mascarilla en los centros de trabajo. EFE

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