Soñé que estábamos cenando anoche en mi cocina, un suculento guiso de ossobuco, en compañía de mi amigo Acero Zuccolillo, buen vino y en presencia de otros políticos liberales quienes lo miraban con respeto y con miedo de pronunciar boludeces, se mantenían sonriendo, callados haciendo comentarios sobre la comida o averiguando qué pensaba mi amigo que portaba un sombrero de cuero muy característico en él. Para él, la moda no era su fuerte ni la lisonja, aunque hablara como un rey.


Por Alfredo Jaeggli

La conversación giró sobre el discurso que diera el presidente del Congreso, reglamentado por la Constitución y en donde el presidente de turno recuerda todo lo que hizo o se hizo en el periodo, discurso jamás escrito por él, largo, aburrido, con muchos números y descripción de obras que se terminaron durante su periodo y comenzaron diez años atrás, que ya dieron la palada inicial y se tuvieron que prestar los fondos en el exterior.
Le pregunto: ¿Te gustó el discurso, Acero? Me mira, pincha con el tenedor el Cristofle un poco de carne, mastíca y me dice: «Dijo lo que le dictaron, ni más ni menos que Stroessner t todos los que le sucedieron», más de lo mismo, siendo joven y sano, conociendo EE. UU., le pregunto que le hubiera gustado que diga, volviendo a pinchar un toco y llevarse a la boca, masticar y tragar, me dice : ¿Y si hubieras sido vos el disertante qué hubieras hecho?
Y le cuento que leí los discursos de Ayala, quien fuera dos veces presidente, quien se atrevió a decir -con buena intención- «Fortalecimos la oficina de tierras en el periodo anterior en que fui presidente, y hoy les digo que no sirvió para nada, se malgastó el dinero». Me pareció un valiente, un sincero, una persona que reconoce sus errores y quiere mejorar, ¿Para qué mejorar si para mi ya está todo bien?
Me vuelve a preguntar el sombrerudo, que su peor epíteto es «son pillos», ¿Qué hubieras dicho vos?
Yo hubiera llevado dos discursos, el que me hicieron y el que esa noche antes escribí yo mismo.
Ya frente al atril y luego de un largo silencio para presagiar que esto sería diferente diría: Paraguayos y extranjeros que viven en nuestro país, discúlpenme de mis actos y de mi incapacidad para lograr que vivan mejor y sean más felices, arrojaría el discurso que me hicieron diciendo que esta es una lista de obras que pudimos hacer gracias al esfuerzo de los más pobres que tarde o temprano deberán pagar con intereses los créditos y las coimas y las comisiones, y de inmediato del bolsillo del saco sacaría una hoja manuscrita,, la que hice anoche, con lágrimas en los ojos y posterior insomnio en donde anote la realidad en que vivimos.
Paraguayos y extranjeros que viven en nuestra nación, podemos estar mejor si logramos la intolerancia, si logramos un acuerdo para años venideros, un acuerdo de inversión, un acuerdo para tener justicia, un acuerdo como hicieron los países que salieron de la pobreza como Corea, China, Chile y como muchos otros países que eran pobres.
Solo un acuerdo de rumbo necesitamos, no más discursos. Todo es posible, el paraguayo es un ser humano como los demás, solo necesitan de un liderazgo que hoy ya sabemos cómo hacerlo.
El discurso duraría tres minutos y pediría que no me aplaudan al terminar, que aplaudan al salir el acuerdo, para que sea un país feliz.

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