A principios de marzo, cuando las pruebas de coronavirus aún eran escasas, Maggie Flannery, alumna de sexto grado en Manhattan, y sus dos padres presentaron síntomas de COVID-19. Al cabo de tres semanas, sus padres se recuperaron. Maggie también parecía estar mejorando, pero solo por un breve periodo antes de sufrir una recaída que la dejó debilitada.


Sentía que tenía un elefante sentado en mi pecho”, narró Maggie. “Me costaba trabajo respirar profundamente; tenía náuseas todo el tiempo; estaba inapetente; me mareaba mucho cuando me ponía de pie o incluso cuando estaba recostada”. También experimentó dolor en las articulaciones y fatiga intensa.

Al principio, los especialistas sugirieron que los síntomas de Maggie podían ser psicológicos, en parte porque no mostraba ningún síntoma de daño cardíaco o pulmonar. También dio negativo tanto por el coronavirus como por sus anticuerpos, pero las pruebas virales realizadas mucho después de la infección inicial por lo general son negativas, y las pruebas de anticuerpos a menudo son inexactas.

“En ese momento no sabían nada sobre el ‘COVID prolongado’”, afirmó Amy Wilson, la madre de Maggie. “Dijeron que era ansiedad. Yo estaba bastante segura de que no era cierto”.

La pediatra de Maggie, Amy DeMattia, confirmó el diagnóstico de COVID-19 con base en la historia clínica de la niña y en el hecho de que sus padres dieron positivo en la prueba de anticuerpos contra el coronavirus.

A más de siete meses del inicio de la pandemia, se ha hecho cada vez más evidente que muchos pacientes, con síntomas tanto graves como leves, no se recuperan por completo. Estos “portadores de larga duración”, como se les ha llamado, siguen presentando una serie de síntomas, que incluyen agotamiento, mareos, dificultad para respirar y deficiencias cognitivas durante semanas o meses posteriores a la exposición.

Por lo general, los niños corren un riesgo significativamente menor que las personas mayores de sufrir complicaciones graves y de morir a causa del COVID-19, pero las consecuencias a largo plazo de la infección, si acaso las hay, han sido poco claras.

Aunque los médicos reconocen que una cantidad reducida de niños ha sufrido un raro síndrome inflamatorio poco después de la infección, hay poca información confiable sobre cuántas personas de las que contraen COVID-19 tienen molestias prolongadas como Maggie Flannery. Eso podría cambiar a medida que aumente la proporción de niños contagiados.

De acuerdo con la Academia Americana de Pediatría de Estados Unidos, los niños representaron el 10,9 por ciento de los casos reportados en todo el país a mediados de octubre, a diferencia del 2,2 por ciento que se registró en abril.

Richard Besser, pediatra y director ejecutivo de la Fundación Robert Wood Johnson, que se enfoca en políticas sanitarias, aseguró que los padres podían estar tranquilos con la información respecto al riesgo reducido de los niños, en general; sin embargo, señaló que aún se desconocen muchos aspectos acerca de la infección por coronavirus y sus consecuencias médicas, incluso en los niños, y que se necesitaría una vigilancia continua.

Con la reapertura de las escuelas, es probable que registremos más contagios infantiles”, dijo. “Tenemos que asegurarnos de hacer los estudios para comprender los efectos a corto, mediano y largo plazo”.

Fuente: Infobae

Compartí: