Hace un mes se perdía el último contacto con el submarino Ara San Juan, dejando de lado cualquier conjetura que determinara el hecho más allá de no haberse encontrado a través de los ruidos, si hubo más llamados con el submarino, o alguna presunta corrupción en las Fuerzas Armadas Argentinas durante el gobierno pasado. Todos los caminos llevan a un solo desenlace en esta historia.


En el fondo del mar, saludado por marineros y alumbrado por esos faroles celestiales a modo de Vida Eterna. Que así sea.

Por Andrés Pancani

El 13 de noviembre, 44 marines de la Armada Argentina partieron por la mañana desde la base naval de Ushuaia donde habían permanecido durante tres días. Los marines tenían como misión emprender la aventura de regreso a casa. El destino: Mar del Plata.

Fue así cuando el Ara San Juan (S-42) perteneciente al Comando de la Fuerza de Submarinos, con sus tripulantes a bordo, tuvieron la difícil tarea de escalar los picos de montañas movedizas más altos. Olas que iban de seis metros o más en las frías aguas del Atlántico al sur de la placa continental.

No obstante, al tercer día, la navegación se hacía más complicada para los tritones en su aventura en alta mar. Las fuertes ráfagas en promedio de 50 a 100Km/h y las intensas olas chocaban cada vez con mayor agresividad sobre la cubierta negra de la nave que no parecía resistir y más aún para una que venía navegando desde 1986.

En ese preciso momento el capitán al mando de fragata, Pedro Martín Fernández decidió sumergir el submarino, ya que el conjunto del snorkel y el periscopio eran incontenibles. En ese instante el sorkel falló y el agua se filtró por el sistema de ventilación cayendo en la bandeja de conexiones, ocasionado un cortocircuito y principio de incendio.

El problema finalmente fue subsanado y parecía que el susto había pasado para los marines que esperaban con ansias volver a la superficie luego del incidente. Sin embargo, tres horas más tarde volvieron a reportar el mismo problema.

El submarino aparentemente se había quedado sin energía por el cortocircuito en el compartimiento en la zona de baterías, desde ahí el contacto se perdió. De esta manera se dio inicio a una lucha por supervivencia en una carrera contra el tiempo. Donde el oxigeno, el aliento de vida de los marines seria la agonía de una búsqueda desesperada.

Pude notar las ojeras del vocero de la Armada, Enrique Balbi, sin duda extenuado tras días y días sin ninguna respuesta, cargado de frustraciones e impotencia. Su expresión lo decía todo. Había dado por finalizada la misión de rescate tras quince días de operativo, al que llegaba al doble de la cantidad de días que determinaban las posibilidades de supervivencia.

No obstante, la búsqueda del navío en el lecho marino seguiría hasta entonces.

Familiares y amigos de los 44 tripulantes del submarino recibieron la noticia con consternación, entre gritos y llantos suplicaron, «Por favor no suspendan el rescate».

«Es una situación muy tensa, pero todos tenemos mucha fe. Yo no estoy en condiciones de seguir hablando, les pido por el amor de Dios lo único que pidan que no suspendan el rescate. Los familiares sienten que están con vida. Y están con vida», palabras de los familiares.

Y los marines finalmente se fueron, apenas susurraban, contuvieron en cuanto pudieron la respiración para esperar muy quietos en la oscuridad el ruido de alguna nave mítica que tocara a la puerta anunciando algún silbido de salvación.

No sabemos con exactitud el desenlace de los hechos, si hubo una explosión o no, quizás el oleaje lo haya arrastrado para un lado que no correspondiera en la zona de búsqueda consternándose a cientos de metros en el fondo del océano.

O quizás el submarino haya emergido al cielo, durmiendo en un mar de nubes y navegando en algún arcoíris con el paraíso de un sol tibio reflejado en los rostros de aquellos marines volando a la eternidad.

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Dedicado a la memoria de los 44 tripulantes

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